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jueves, 13 de junio de 2013

Blanca. Ejercicio 11.1 y 11.2. Tiempo y espacio.

La imagen del culpable

            Ana no podía dormir a pesar de haberse tomado un somnífero. Hacía algo más de un año que estaba en tratamiento psiquiátrico para paliar las crisis de pánico. Éstas empezaron la noche en la alguien la había disparado a bocajarro. El psiquiatra la había atiborrado de tranquilizantes e hipnóticos que la provocaba un estado de sopor durante todo el día, pero al llegar el atardecer, los temblores se hacían más evidentes y el nerviosismo se apoderaba de ella provocándola estados de vigilia. ¡Si al menos hubieran descubierto al culpable! La policía estaba a punto de cerrar el caso por falta de pruebas. Nadie había forzado la puerta de entrada de la casa. El arma que habían encontrado en el lugar de los hechos, y con la que la habían disparado en el tórax, era una Colt M1911 propiedad del marido de Ana. El disparo se había hecho desde muy cerca y no había síntomas de forcejeo. A las nueve de la mañana, como todos los días, la asistenta había llegado al domicilio. No se percató de nada extraño, hasta que entró en el dormitorio de los señores. Allí encontró a Ana, tendida inconsciente en el suelo y herida de gravedad. El esposo fue el primer sospechoso que tuvieron los investigadores, pero a la hora del intento de homicidio se encontraba en una cena que había dado la empresa en Connecticut. Barajaron también la posibilidad de que hubiera contratado a alguien, pero esto también fue descartado ya que los exhaustivos análisis que se efectuaron en el domicilio, así lo confirmaban. Sólo ella hubiera podido dar alguna pista sobre lo ocurrido, pero su memoria se negaba a recordar.

            De nuevo su marido había tenido que dejarla sola por motivos de trabajo. Ella se había negado a irse a dormir a casa de un amigo pensando que no le haría falta. Confiaba en los efectos que tendría la medicación si ingería el doble de lo prescrito. Pero sus suposiciones fueron erróneas. Aquella intranquilidad, que la desazonaba hasta límites insospechados, había derribado las murallas de los ansiolíticos. Un golpe pulsante en las sienes la martirizaba, pero lo que realmente la mortificaba eran los latidos arrítmicos de su corazón. Revolvió el cajón de la mesilla buscando un calmante que la apaciguara el dolor de cabeza que empezaba a ser insoportable. De repente, sus dedos se chocaron con algo duro y frío. Una luz cegadora invadió su mente intentando iluminar un obscuro recuerdo. El fuerte tirón que dió al agarrador, sacó el cajón de sus railes y provocó la caída de éste. Todo lo que contenía se esparció por el suelo, pero sus ojos tan sólo se depositaron en el arma. La cogió entre sus manos temblorosas y salió del dormitorio hacia el despacho. Un halo de bruma se había instalado en su pensamiento, pero de vez en cuando se disipaba y la asaltaban imágenes inconexas que no sabía juzgar de un modo racional. Encendió el ordenador que se encontraba en el escritorio y tecleó en el google “imágenes de revólveres”. No tardó en descubrir que la pistola que tenía con ella era una Colt, en concreto la 1911, el mismo tipo de arma, que según la policía, habían usado contra ella. Absolutamente mareada, se dirigió al teléfono y marcó un número.

            —Fuiste tú.

            —Ana, ¿eres tú? Habla más fuerte, que con todo el bullicio que hay, no oigo. Espera, que salgo fuera. Voy a ver qué quiere mi mujer —explicó a un comensal de su misma mesa—. Dime.

            —Fuiste tú —susurró con una voz apenas audible.

            —Fui yo ¿qué?

            —Tú me disparaste.

            —Que yo, ¿qué? Ana, no fui yo. Tranquila, no cuelgues el teléfono. Sigue hablándome. ¿Ana? ¡Dios, ha colgado!

            Ana salió de la habitación  y regresó de nuevo a su dormitorio. Depositó en el espejo del tocador su mirada perdida.

            —¿Quién eres tú? —preguntó a la figura que se reflejaba —.  Supongo que mi marido te ha prestado la llave para que entres. ¿Vas a intentar otra vez matarme? Esta vez yo tomaré la delantera.

            El silbido, apenas audible, de una bala proyectada por una pistola con silenciador, no llegó a escucharse fuera de la alcoba.

domingo, 9 de junio de 2013

Blanca. Ejercicio 11.1 y 11.2. Tiempo y espacio.


El vampiro de los mares

            Luis se escondió dentro del despacho mientras su hermano Juan lo buscaba. Ambos tenían prohibido la entrada en aquella habitación que era utilizada como lugar de trabajo de su padre. Incluso, últimamente, había instalado un cerrojo que cerraba el acceso desde fuera. Pero hoy, alguien había dejado la llave puesta en la cerradura. Se ocultó detrás de la puerta, la entornó suavemente y contuvo la respiración al oír que se hermano se acercaba. Clack, sonó el picaporte al cerrarse.

            —Ahí te quedas. Me llevo la llave. ¿Qué te creías, que no te había visto?

            — ¡Abre, idiota! —le gritó metiendo un puñetazo a la puerta.

            — ¡Qué te vaya bien, “pringao”! —fue lo último que dijo mientras se alejaba por el pasillo.

            Juan tomó aire y cerró los ojos para contener la furia que en aquellos momentos lo envolvía. Al abrirlos comprobó horrorizado que alguien había subido, del garaje, el acuario. No sabía por qué, pero aquella enorme pecera siempre le había hecho sentirse mal. Un nuevo susto hizo que sus pulsaciones se aceleraran al escuchar las campanadas de la catedral que anunciaban la siete de la tarde. Volvió a inhalar aire y a soltarlo lentamente con la intención de tranquilizarse. Echó una ojeada a la sala intentando no poner la vista sobre aquel recipiente lleno de agua que tanto malestar le causaba. Al lado contrario de la habitación se encontraba la mesa en la que su padre solía trabajar con el ordenador. Se acercó hacia allí, se sentó y pulsó el intro del equipo. La pantalla se iluminó para dar paso a un artículo. Movió la rueda del ratón, cambiando de una página a otra, hasta que una fotografía de un pez llamó poderosamente su atención. La imagen mostraba a un espécimen con dientes de sierra y con un cuerpo de aspecto arenoso. Instigado por la curiosidad, empezó a leer el texto:

“El vampiro de los mares”

            Esta especie habita en aguas dulces. Sus aletas se transforman en alas al atardecer, y es entonces, a la caída de la tarde, cuando nos encontramos con una fiera extremadamente peligrosa. Se aconseja no mirarla nunca a los ojos para evitar que adquiera excesivo tamaño. Hay que tener especial atención con los ambientes limpios. Tan sólo el monóxido de carbono contribuye a aletargar su agresividad.

            De repente tuvo una corazonada: ¿Es posible que su padre hubiera sacado aquella enorme pecera del garaje para evitar estos gases tóxicos? ¿Por qué estaba investigando este animal tan extraño?

            En un arrebato de osadía decidió indagar cuál era el contenido del acuario. Se acercó lentamente contemplando el agua cristalina carente de vida animal. Se quedó mirando en el interior del vivero, pero allí no había nada, o él no veía nada. El ocaso había venido con las sombras que le son propias y los objetos de la sala empezaban a perder las líneas que los definían. Tanteó las paredes del depósito en busca del interruptor que iluminaba la pecera. —Aquí está —pensó pulsando el botón. Puso las manos a modo de prismáticos y las reposó sobre el cristal. — ¿Qué era aquello que había sobre la gravilla del fondo?—. Buscó en los cajones del escritorio algo, suficientemente alargado, para remover la arena. Encontró una regla y la cogió. Acercó una silla, se subió en ella, se remangó el jersey e introdujo el brazo hasta más del codo. Con la regla movió el sílice hasta que un ser, de inmensas alas de murciélago, saltó hacia la superficie depositando sus fríos ojos añil sobre las pardas córneas de Luis. No hubo gritos, sólo se oyó el suave sonido del chapoteo, cuando una gigantesca boca con dientes de sierra se abrió para engullir parte del rostro del niño llevándolo al fondo de arenilla.

            Aquella noche nadie cenó. Todo el mundo buscaba a Luis. Todos menos su hermano porque sabía dónde podía encontrarlo, pero no habló por miedo a la reacción que su padre pudiera tener. Unas horas más tarde la policía fue quién encontró, rodeado de un gran charco de sangre, un cuerpo de niño decapitado.

sábado, 25 de mayo de 2013

Blanca. Ejercicio 10. Diálogo (II)


Un aparato de aire acondicionado exhalaba un aire frío en un intento titánico por refrescar el local en aquella bochornosa tarde. Él se detuvo durante unos instantes ante la entrada acristalada, retrocedió un poco, levantó la vista y por fin decidió empujar la puerta de la cafetería. Hacia media hora que ella se encontraba allí y durante todo ese tiempo había mantenido la vista puesta en los pocos transeúntes y el mucho tráfico del exterior. Agitó sus brazos para llamar la atención. El joven se adentró  inseguro, cegado por la semipenumbra que habitaba en el interior, hasta que una mano lo detuvo.
            — ¡Qué estoy aquí!
            — ¡Ah! ¡No te había visto! Con el sol que hace fuera cuando entras no ves un pijo.
            — ¡Un beso, hombre! No creo que tu novia se enfade por esto.

martes, 5 de marzo de 2013

El testimonio del notario (Ejercicio del 1-mar-2013)


El notario les citó a la caída de la tarde. Él mismo abrió la puerta de su oficina y con un ademán les invitó a pasar. Emprendió la marcha hacia el interior de la vivienda mientras la pareja le seguía. Bajó las persianas lo suficiente para crear una semipenumbra que permitiera maniobrar con alguna dificultad pero sin tener la necesidad de encender la luz.

            —Cuando Vds. quieran —dijo dando la señal de comienzo.

            La señora sacó la cámara del bolso y se la acercó al rostro para asegurarse de la tecla que debía pulsar. Con el dedo índice puesto sobre uno de los botones, dirigió el objetivo contra la pantalla y lo accionó.

            —Esta grabación ha sido realizada por Teodora Rojo Gálvez con la ayuda de su hijo Julio García Rojo y su esposa —anunció una mujer vieja que aparecía en la película —. No he sido presionada bajo coacción como demuestra la documentación que deposité ante el notario D. Ambrosio Suárez Jiménez. El acto que a continuación realizaré es totalmente voluntario. En todo momento he actuado con mi capacidad mental intacta, por lo que nunca se podría llegar a deducir haber sido engañada para llevar a cabo mi propósito. Yo, Teodora Rojo Gálvez, lego a mi hijo todo mi patrimonio siempre y cuando satisfaga mi deseo de ser depositada sobre las milagrosas aguas del lago de la Eterna Juventud el día de mi octogésimo cumpleaños. La artrosis no me ha permitido que sea yo quien camine hacia el estanque, pero mi querido hijo me llevará en brazos y me posará en la laguna. El fluido me matará de inmediato, para que en el instante siguiente me restaure. Este proceso tarda unos diez años, pero desde el primer momento mi imagen externa aparentará la figura de una adolescente. He pedido a mi hijo y a mi nuera que recojan ese instante y que me conserven en su memoria como una mujer joven. Julio, ya puedes llevarme, nos veremos dentro de diez años.

            —Teodora, falta que Vd. diga lo que ya le comenté —puntualizó un espectador del que no había ninguna imagen grabada.

            — ¡Ay, sí, casi lo olvido! Nunca pensé que fuerais capaces de hacer lo que vais a hacer. Posiblemente os arrepentiréis, pero será demasiado tarde. ¿Algo más D. Ambrosio? —preguntó la anciana dirigiéndose a su interlocutor.

            —Repita tan sólo las dos frases que le escribí, y nada más que eso. Hágalo esta vez bien que yo también la voy a grabar para dejar constancia.

            —Nunca pensé que fuerais capaces de hacer lo que vais a hacer. Posiblemente os arrepentiréis, pero será demasiado tarde —reiteró lo pedido.

            La cinta mostraba como el hombre, a quien la protagonista se refería a él como su hijo, cogía a la anciana en brazos. Después se dirigía a la orilla, y la acostaba sobre una balsa. Acto seguido la empujaba con un bastón alejándola del borde. Con un extraño sistema de anclajes y cuerdas, giró la armadía hasta volcarla. El cuerpo de la mujer cayó al agua con un suave chapoteo. Un destello que impidió captar lo que realmente había ocurrido, se deshizo para dejar paso a una delicada muchacha que parecía flotar en un remanso de paz.

            —Muy bien —dijo el notario cuando se acabó la proyección mientras bajaba completamente las persianas y encendía la luz —. Necesito la cámara de video para utilizarla como prueba, y como no deseo que se queden sin ella, les he comprado otra de la misma marca y modelo y  en la que ha sido grabado los últimos minutos con vida de su familiar. Ahora —continuó mientras sacaba un plano de uno de los cajones de su escritorio —márquenme el punto en donde ocurrió esto.

            —Eso es imposible. Recuerde que Vd. conducía el coche y a nosotros se nos llevó con los ojos vendados. No tenemos ni idea.

            —Mejor que sea así. Un momento que ahora regreso.

            El notario salió de la sala dejando perplejos al matrimonio familia de la clienta que  había contratado sus servicios.

            —Será mejor que veamos qué contiene lo que él ha grabado —dijo la esposa—. Esto es muy raro.

            La película mostraba tan sólo las dos últimas frases de la anciana en la que parecía recriminar la actitud de las personas que estaban con ella. Después se apreciaba como un hombre, valiéndose de la incapacidad de la señora, la metía en el agua y allí la hundía con la única intención de ahogarla. Ni tan siquiera había quedado impreso en la cinta el resplandor que la convirtió en joven.

            —Aquí falta grabación ¡Qué raro! Yo grabé más ¿Qué ruido es ese? ¿Son sirenas?

            La puerta se abrió con una patada que permitió la entrada de varios geos.

            —Quedan detenidos. Entréguennos la cámara de video y no hagan ninguna tontería.

            —Pero, ¿qué es esto? Nosotros no hemos hecho nada malo, estábamos con el notario —preguntó Julio no entendiendo nada de lo que estaba pasando.

            —Han sido denunciados por el asesinato de Dña. Teodora Rojo Gálvez —anunció el policía que parecía llevar la voz cantante —. Tenemos una grabación que así lo demuestra.

            — ¿Qué? ¿Se han vuelto locos o qué? Sr. notario —le llamó a gritos el hijo de Teodora—, ¿dónde se ha metido?

            — ¿Para qué lo quieren? Él ya ha hecho lo que tenía que hacer, aportándonos todo el material que nos interesaba para resolver este asesinato. Sólo nos queda encontrar el cuerpo de la muerta. Supongo que como los hechos apuntan directamente contra Vds. no tendrán dudas de lo que les conviene y nos dirán dónde está el cadáver.

            —Nosotros no sabemos dónde está su cuerpo. Fuimos con los ojos vendados hasta el lugar. El notario se lo explicará.

            —Esposarlos, acaban de delatarse como parte actora del homicidio. Llévenlos a la comisaria para tomarles declaración.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Ejercicio de Diciembre de 2012


Segundo diagnóstico


            En el letrero que se encontraba sobre la puerta se podía leer:

“JEFE DEL DEPARTAMENTO DE MEDICINA INTERNA”

Dr. D. J. González Ruíz

            Un individuo de pálido semblante, bajó el picaporte con el codo izquierdo porque las manos las tenía ocupadas en sujetar un bulto de color verdoso que palpitaba rítmicamente y que parecía salir del pecho.

            El médico mostró una silla al paciente indicándole que tomara asiento. Consternado movió la cabeza de un sitio para otro y confirmó el diagnóstico.

            —Como bien le ha dicho mi colega, se trata de un caso de cardioitis atópica —manifestó sin dirigir la mirada a los ojos del enfermo.

            —Pero doctor, hace menos de un año me dijeron que lo que me salió en la piel era una dermatitis atópica y luego resultó ser varicela. Yo no sé medicina, pero parece como si tuviera una coloración distinta a las imágenes que yo he visto en internet —insistió el paciente preocupado.

viernes, 18 de mayo de 2012

Retrato foto. Paco. Ejercicio 12.

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Retrato

      Esperanza y anhelo resumen  la mirada de esta joven con ojos  que añoran lo que aun no ha ocurrido, lo que puede que no ocurra nunca. Esconde su timidez  tras la rama seca que sujeta, unos palos desnudos que complementan la pureza del alma que se intuye.
      La mujer no se oculta, más bien se asoma, levemente. Timidez aporta la nariz, discreta y exacta en su espacio. Su olfato es el sentido al que saca más provecho. Nunca hasta ahora le ha fallado; según algunos debería llamarlo intuición.
      Ella es esos labios potentes, carnosos sin carmín, dudosos para pronunciar “te quiero” en plurales, pero firmes cuando la sentencia es sobre si misma, sobre su objetivo. Su boca prefiere el beso a la palabra, el susurro al grito. Besa y se deja besar, y también no besa y rechaza,  nuca pide a otros labios.
      Su piel blanca es como la miga del pan poco cocido, es como la piel de Blanca, su madre, de ella ha heredado también la luz que irradian los dos luceros de su cara. La llamaron Clara por eso, pero a ella la gustaría llamarse Artemisa. Y ese es su link: “Artemisa”. Así firma en los guaches que expone y sobre los volúmenes en piedra caliza que desbasta con rabia cuando esta cabreada con la sociedad en general ó con Tomás en particular.
      Para sus amigos es Klara, y así lo aclara siempre:
      —Klara con “K” —recalca.
      El pelo negro, ensortijado en las puntas, lo tiene por la parte del padre. Su abuela Edelmira lo peinaba exactamente igual cuando estaba en la casa. Se lo suele recoger para despejar los hombros y permitir que el aire de la tarde le resbale por el cuello desnudo.
      Sí, por avatares de la vida, mañana me olvidara de su rostro, me acordaré de  sus grandes ojos, de color marrón  como el caramelo que garrapiña a las almendras. Esos ojos saltones  y transparentes, ahora cargados de amor y de nostalgia. De esos ojazos que en este momento observan su deseo, casi tocan lo que están viendo. Permanecen conformes y expectantes y a su vez esperanzados y desilusionados por un igual. ¿Quién tiene al frente que espera que la mire?. ¿Quién es esa persona ingrata, ese ser que no le devuelve la llamada de ternura que le lanza? Hay un grito ahogado que pide respuestas, una boca serena que sabe esperar.     Klara mantiene intacta la certeza de elección.

     

jueves, 10 de mayo de 2012

Paco. Fotografía. Viernes 4/5/12

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Namaste

          El colombiano ó  el sudaca ó el panchito ó  el costa rícense ó el extranjero a secas como le nombran las más de las veces, para un instante, deja la tarea, levanta la cabeza y se aparta el pelo de la frente con la mano vuelta. Otro de la cuadrilla le ofrece un trago, es agua.
         —¡No te pago para que contemples el cielo! —arrea con furia el capataz al obrero Gautam.
         Agosto, casi las dos de la tarde en la plaza castellana. La cuadrilla, todos  foráneos, cubre de losas de hormigón en diferentes tonos de gris la que es  pista habitual de baile durante las fiestas del pueblo.
          —¿Es que no paran a comer? —se interesa un jubilado que va a tomar café.
          El protagonista es de Asia, pero le confunden mucho con los sudamericanos porque su piel es oscura, esta muy curtido y su cara de rasgos limpios, casi se oculta por un largo pelo muy liso y muy negro. El chico no suda apenas.

          En realidad ahora mismo no descansa, añora… esta ensoñando. Esta pausa, por un momento, le hace retroceder varios años. Del bolsillo interior de la camisa saca una  fotografía, la que lleva siempre en la cartera. Es de hace seis años, aun estaba en Nepal, a mas de siete mil metros sobre el nivel del mar; se la hizo un turista de los muchos que pasan cada año por Lumbini, su pueblo, en la región de Terai. Un hombre joven con una Polaroid 635. La estampa se deslizó por debajo de la cámara pocos minutos después de  escuchar el “clik”.
          —¡Toma! …  para ti —le dijo en español.
          En la imagen acababa de cumplir los diecisiete, pero su  apariencia es más joven que los occidentales de doce. En sus pies ya sumaba varios kilómetros por  senderos de montañas guiando a gente de diferentes nacionalidades. De unos y otros fue ampliando su vocabulario. Otro poco se le pego trabajando en el hotel.
          Al principio del verano boreal las montañas engañan, con su verdor amable la dureza de su transito, tampoco los rasgos suaves de Gautam sugieren el hambre que pasó en  aquella época.
          —What´s your name?  —recuerda que le preguntó el barbudo con una sombría convicción de superioridad.
          —Sunder Gautam —contesto él con el sencillo orgullo de los pobres, el de los de su casta de intocables, la de los  Harijans.
          –¿Cómo? –pidió aclarar el del acento de meseta castellana.

          Por entonces de día en día se notaba la escasez de alimentos allí. Cada año era más difícil obtener la cosecha de cereales para todos: muy poco de cebada, algo de mijo africano, escaso de trigo. Por alguna razón el consumo de la moha se había dejado de lado por el arroz, a pesar de ser una buena fuente de nutrientes. En su familia, la mayor parte de los días estaban comiendo los restos de la puja, algo de arroz, alguna fruta y pétalos de flores. De arroz llegaba poco y tarde.

          No fue fácil  largarse a cualquier parte, mas, en Terai no había que hacer. España es la palabra que tenía  en su memoria. Y aquí llegó.

          Sunder Gautam guarda la fotografía en su sito, se refresca un poco el cuello con la mano, echa un trago largo de agua del botijo y vuelve a su tarea de macear las baldosas con la tabla y el martillo de goma. Solo quedan diez minutos para el almuerzo. El capataz esta meando.

miércoles, 9 de mayo de 2012

FOTOGRAFÍA (licinio)


—Pero qué hacéis, estáis tontos. Abrid ahora mismo si no queréis que os muela a palos.
—Ja, Ja, ahora te vas a pasar un buen rato ahí, con el muerto. A ver qué valiente eres.
—Abre, Quique, por favor, que esto no es ninguna broma.
—No. No pienso abrir ni aunque te pongas de rodillas.
—Reyes, tú no eres tan mala como esa sanguijuela de tu primo, ábreme, te lo ruego.
—No, Julito, no. Reyes tampoco te abrirá y te vas a quedar ahí dentro hasta que vuelva la abuela de la estación. No te quejes que no será más de una hora, justo la mitad de lo que tú me tuviste en la carbonera de la escuela. O es que ya no te acuerdas.
—Quique, escucha, lo de la carbonera no fue idea mía, de verdad, me obligó Ramón, el fiscal, ya sabes cómo se las gasta. Además, en la carbonera no había ningún muerto.
—No, no había muertos, solo había un millón de cucarachas asquerosas que se me subían por las piernas y tenía que sacudirlas a monotazos, mientras vosotros os mondabais de la risa. Bueno, ya está bien de cháchara, nos vamos a jugar con Belén, tu queridísima novia, muá, muá, muá. Adiós.

Se oyó un portazo seguido de unas risas que se alejaban, y toda la casa quedó en silencio.

—Quique, Quique. Si me abres te devuelvo el imán que te gané a las cañoritas, te lo prometo —grité con todas mis fuerzas y ninguna esperanza. Los dos se habían ido. Ya nadie me oía.
Juré a voces que los mataría, a los dos. Después de sacarles los ojos, después de partirles las piernas y los brazos, después de destrozar sus narices, orejas y morros a mordiscos, después de arrancarles las uñas, después de… ¡Brrrr!

La habitación donde mis primos me encerraron a traición era la más fría y oscura de la casa, los abuelos la llamaban “la bodega” y se usaba de despensa. La pared de enfrente estaba casi tapada por un gran armario de obra con estantes de madera donde se guardaban las conservas, las patatas, el arroz, los fideos y las legumbres. A la izquierda según entrabas había un banco de madera sobre el que se ponían las zafras de la leche recién ordeñada. Colgados de las vigas, había largos palos de los que pendían chorizos, lomos y un jamón previamente ahumados en la hornera. Suspendido del techo, en la esquina del fondo a la derecha, llamaba la atención un armazón cuadrado de madera, tapado con tela de alambre muy fina, que llamábamos “mosquera” y servía para guardar carne fresca y queso. Todo eso siempre estaba allí, y olía muy bien, sobre todo al atardecer, cuando llegabas a casa con más hambre que un lobo, y la abuela te mandaba por un chorizo. Pero hoy, en medio de la oscuridad, también estaba el muerto. Lo habíamos matado ayer muy temprano.
Podía acercarme a la ventana enrejada y abrir las contras para que entrara un poco de luz, pero una fuerza invencible me mantenía pegado a la puerta. No me atrevía ni a mirar atrás. Sabía que él estaba allí, colgado boca abajo, y solo imaginarme frente a su cuerpo blanco, casi rosa la piel de tan limpia, me paralizaba. Es curioso, cuando era nuestro prisionero y estaba vivo no me daba miedo, es más, me gustaba darle de comer y rascarle la cabeza y la espalda con un palo, y él se quedaba todo quieto y lo agradecía con leves gruñidos de placer. Sin embargo, ahora, que está muerto, me aterroriza estar a su lado.
Después de varios intentos, pude volver un poco la vista hacia el cadáver. Qué espanto, un hilillo de sangre medio seca colgaba de sus narices de dos cañones, y había formado un pequeño charco brillante en el suelo. Sus ojos inútiles estaban cerrados por pestañas de pelo rubio muy fosco. Qué me puede pasar, pensé para tranquilizarme. Nada. Los muertos no hacen nada. En esto se oyó un crujido de madera y casi se me para el corazón. Probablemente ha sido el palo del que está colgado por los talones. Dios mío, que no se caiga. Si cae sobre mí, me muero.

Palpé la pared a mi izquierda hasta encontrar el banco donde se colocan las zafras de la leche. Había hueco y me senté muy despacio, como si temiera hacer ruido y despertarlo. Apoyé la cabeza en mis rodillas, cerré los ojos y me puse a rezar. Sí, sí, no se me ocurrió otra cosa que rezar. Para qué, no lo sé, pero acudieron a mis labios, sin yo proponérmelo, todas las oraciones que aprendí en la catequesis de la primera comunión. Salves, padrenuestros, glorias, salmos y alabanzas se peleaban por salir las primeras.

De pronto, oí un ruido y me incorporé en el banco, ahora reluciente de aluminio de lecheras. No sabía cuanto tiempo había pasado. Levanté las manos para proteger mis ojos habituados a la oscuridad y, a través de la luz cegadora que entraba por la puerta abierta, pude ver la silueta de mi abuela, plantada en el umbral.

—Pero qué haces tú aquí. Vaya un sitio para echarse a dormir. ¿No tienes miedo al gocho? —yo, aturdido, negué con la cabeza—. Pues serás el único que no le tienes miedo, hijo. Anda, llena este plato de patatas, y ven a ayudarme a hacer la comida, que tus primos estarán a punto de llegar.

Sentí una extraña mezcla de alegría, vergüenza y rabia. No conté lo que había ocurrido, no quise enredar a la abuela con nuestras guerras de niños. Fue entonces, mientras pelaba las patatas, cuando concebí la más cruel de mis venganzas, pero esa es otra historia.

martes, 8 de mayo de 2012

Ejercicio propuesto. Óscar.

Pobre borracha


Pobre borracha, que arrastras un pie en pos del otro sin avanzar un solo centímetro, portando en la espalda el peso de una vida de vidrio blanco. Nunca tendrás hijos, tu hogar huele a perdición y olvido. Nunca encontraras la felicidad, crees que está en el fondo de la próxima botella, ahí nunca estuvo, y lo sabes. Es más fácil, perderse entre vapores etílicos, que reconocer las verdades. Cuando al día siguiente, tus fantasmas busquen tu mirada con la suya, bastará con ponerse otra venda de alcohol y pena. Tú que bien sabes que es perder sin haber ganado, buscarás tu propia ruina, antes que llevar una vida.
María, se levanta, como cada día. Busca en el frigorífico que echarle al vino, como cada día. Se lava un poco la cara, se atusa un poco el pelo. No busca su reflejo en el espejo, por si lo encuentra. Se viste y se lanza a la calle, sin prisa. No hay nada que hacer, no hay nada que decir, ni hay nadie con quien hacerlo. La misma rutina, como cada día. Comprar un poco de leche y mucho vino, como cada día. No sabe como la sentará el primer trago en el bar, puede que hoy consiga llegar a casa y no acabe tirada el portal, como cada día.
Ella no lo sabe, pero hoy, no es como cada día. Caminando despacio por la calle, se encuentra con una vieja amiga.
—Me alegra mucho verte. ¿Qué es de tú vida?
—Estoy donde siempre, haciendo lo de siempre.
— ¿Qué es de tu marido y los chicos?
—Murieron, y yo con ellos.

Ejercicio 11.2 Oscar

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EJERCICIO 11.2

“previsible”: Como gran guerrero que es, lucha y vence a sus enemigos.
“menos previsible”: Huye como la rata que en realidad es. Como nunca quedaba nadie, el vendía que era el único que había sobrevivido. Huía y envenenaba a todo el mundo.

Ahí tenéis al gran hombre, paladín sin parangón. Altivo y valeroso como ningún otro. Audaz donde los haya. El mejor hombre del shogun. Postraos ante él, mostrarle el respeto que se le debe al mejor samurái que jamás pisó esta tierra. Tras el saludo ceremonial, que el gran Shogun Nayeda impuso para su mejor samurái, levanta su abanico para indicar el comienzo de la lectura.

Por haber traicionado a sus hombres en el transcurso de la batalla por la defensa de Edo. Recurriendo para ello a la deshonra, huyendo con sus cuatro guerreros más valientes, su guardia personal. Por haber usado veneno para acabar con los invasores a costa de todas las mujeres y los niños que quedaban en la fortaleza, mientras el huía como un cobarde. Es el deber de nuestro señor Fukushima Nayeda, el condenarle a muerte con deshonor.

“previsible”: llama al número casa y pregunta por el dueño.
“menos previsible”: al llamar a ese número, se da cuenta que es su casa, que su mujer tiene otro marido de lunes a viernes cuando el no está.

Hoy, Pedro emprende el camino a su hogar, sabiendo que es una penosa tarea. Agradece que su mujer y sus hijos estén con la abuela enferma, repitiendo una y otra vez, las razones de su despido. Salmodia del final de una vida. Camina despacio, cabizbajo y con los ojos llenos de lágrimas. Entre sollozo y sollozo, descubre una agenda caída en el suelo. De repente, un rayo de esperanza recorre su alma, puede ser útil otra vez. Quizás la última vez. Corre mientras finaliza su recorrido. Entra en casa como un huracán, se lanza a por el teléfono, presa del nerviosismo. Marca y espera. Uno, dos, tres,…Comunica. Vuelve a marcar, despacio, a ver si te has equivocado. Uno, dos, tres,…Comunica. En el número que tiene el nombre “casa” no contestan. Llamaré al que pone “esposa - móvil”. Uno, dos, tres,…Dime mi amor. ¿Me echabas de menos?...Cuelga. Si era una esposa, la suya…Pero eso no es posible, repasa la agenda con cuidado. El mismo número de sus suegros, el mismos número del colegio de los niños,…Pero esa no es su letra, no son sus números…Se sienta en el sofá de casa, esperando sentado frente a la puerta de entrada. A las dos y algo una llave entra en la cerradura.

—Bienvenido a casa, marido de fin de diario.

Ejercicio 11.1 oscar


EJERCICIO 11.1

Para las propuestas siguientes, identifica la opción “previsible” y después ofrece otra “menos previsible”:


  1. Un joven que circula en su auto por una ciudad desconocida pierde la memoria. Aparece un anciano.
“previsible”: El anciano le indica el camino correcto, y le indica que hay algo en el aire por un accidente en una planta química.
“menos previsible”: El es el anciano.
  1. X desea la muerte de Z. Lo invita a comer.
“previsible”: Le echa veneno en la comida.
“menos previsible”: Z sabe que va a matarle haciendo que parezca natural, y se suicida para que el otro page por un asesinato que no ha existido.
  1. Alguien está por ser condenado a muerte. Aparece un testimonio de la defensa.
“previsible”: Han buscado a alguien que miente para salvarle.
“menos previsible”: Aparece un testigo que si dice la verdad, pero todo el mundo cree que miente, y como cada uno dice que estaba en un sítio diferente, no creen a nadie, y el hombre muere.
  1. Alguien está muy nervioso en su casa. Se corta la luz.
“previsible”: Se levanta da la luz y sorpresa, feliz cumpleaños.
“menos previsible”: El que se ha levantado, no es el hombre, es un asesino que venía a matarle, ahora tiene que matarles a todos.
  1. Un personaje anuncia que va a salir de viaje. Prepara el equipaje y se despide.
“previsible”: Alguien de la familia se ha puesto enfermo y ha de ir a cuidarle.
“menos previsible”: No va a cuidarle, va a matarle.
  1. Un guerrero funda un gran imperio. Sus enemigos lo sitian.
“previsible”: Como gran guerrero que es, lucha y vence a sus enemigos.
“menos previsible”: Huye como la rata que en realidad es. Como nunca quedaba nadie, el vendía que era el único que había sobrevivido. Huía y envenenaba a todo el mundo.
  1. Alguien anota en su agenda absolutamente todo lo que tiene que hacer. La pierde.
“previsible”: Le llaman al número que está en la portada y la recupera.
“menos previsible”: Es un testigo protegido y en la agenda no se ha dado cuenta y ha puesto su verdadero nombre. La encuentra un sicario y le mata.
  1. Alguien encuentra una agenda telefónica y quiere devolverla. El único dato del dueño es su nombre.
“previsible”: llama al número casa y pregunta por el dueño.
“menos previsible”: al llamar a ese número, se da cuenta que es su casa, que su mujer tiene otro marido de lunes a viernes cuando el no está.

viernes, 4 de mayo de 2012

Blanca. Ejercicio 11.2


Ejercicio 11.2

2.2.-                                    CUENTAS SALDADAS

            — ¡Pues no veas las ganas que tenía de volver a verte! Y pensé: ¿por qué no le invito a comer y hablamos de nuestros buenos tiempos? ¿Recuerdas cuando te enrollaste con mi novia? Y no sólo eso, sino  que además lo fuiste divulgando por el pueblo. Bueno, esto ya lo he olvidado y te he perdonado. También he pasado por alto aquel hurto que cometimos en los grandes almacenes. Te voy a refrescar la memoria. Mangoneamos un móvil, te empeñaste en que me lo metiera yo en el bolsillo de mi pantalón, lo apantallaste con papel de aluminio, pero por lo que se ve lo hiciste mal, y cuando íbamos a salir de la tienda sonó la alarma. El guarda de seguridad nos paró y tú me preguntaste qué me había guardado. Pero, ya sabes lo que se dice de agua pasada. Tómate el cafecito y vamos a dar una vuelta para bajar la comida.

Metí la llave en la cerradura que estaba debajo de la botonera del ascensor. Me miró sorprendido porque no sabía que el paseo lo íbamos a dar lejos de donde nos encontrábamos, así que decidí explicárselo.

—Cogemos el coche y nos alejamos de este mundanal ruido. Ponte atrás porque el asiento de adelante está un poco sucio con una mancha parduzca que no puedo quitar. Tendré que darla con algún disolvente enzimático porque creo que es con lo que se va la sangre. Átate, no sea que tengamos un accidente y te vaya a pasar algo. Pues como te iba diciendo —retomé mi anterior conversación de sobremesa según subía por la rampa de salida— hay muchas cosas que ya he olvidado. Por ejemplo, el viaje aquel que nos hicimos con el coche de mi padre, el cual estrellaste y encima sin carnet de conducir. Un mes sin salir de casa y un año sin paga. Por cierto, no sé cómo llegaste a convencerme para que me auto inculpara. Desconozco cuál es el motivo por el que te lo estoy contando porque el pasado, pasado está. Lo del embarazo de mi hermana, fue un golpe bajo. No entiendo por qué se caso contigo. Yo en su lugar hubiera abortado, pero claro como tienes ese encanto que las encandilas a todas, pues haces de ellas lo que te da la gana.

Miré por el espejo retrovisor para ver la cara de estupefacción que iba a poner cuando se diera cuenta hacia donde nos dirigíamos. Constaté tu sorpresa cuando abandonamos la carretera principal y nos encaminamos cuesta arriba, por un camino mal asfaltado, cuya meta era el cementerio.

—Te estarás preguntando por qué te traigo aquí —le comenté según apagaba el motor y me deshacía del cinturón de seguridad— pues para hablar tranquilamente de lo que me hiciste y nunca he sabido perdonarte. Entra, que la puerta está abierta —le invité mientras empujaba la verja de hierro—. Haz memoria en dónde está la lápida en la que pusiste mi nombre con mis apellidos y la futura fecha del fallecimiento, que curiosamente, coincide con el día de hoy. Si lo has olvidado no te preocupes, yo no he conseguido quitármelo nunca de mi cabeza. Ya sabes que era, y sigo siendo una persona muy impresionable, y desde aquella bromita tuya para reíros todos los de la pandilla pues no sé que me dio en la cabeza que desde entonces estoy rumiando el desenlace. Ya hemos llegado, como verás, la fecha la sigo manteniendo, tan sólo he variado el epígrafe. Si deseas añadir algo, será mejor que empieces porque se te está haciendo tarde.

Se quedó paralizado, aturdido y confuso. Experimenté esa sensación de seguridad que se percibe en las personas con confianza en si mismas y que yo nunca había sentido anteriormente. Agarré un bate de beisbol que tenía guardado detrás del árbol que proyectaba sombra a la tumba y con toda la furia que pude golpeé la piedra hasta romper el palo.

—Ahí te quedas, imbécil —le grité mientras me largaba muy digno.


Blanca. Ejercicio 11.1


Ejercicio 11.1

1.1.- Cuando recupera la memoria se ha convertido en un anciano.

1.2.- Realmente no ha perdido la memoria. El joven ha sido atacado por un organismo que le ha arrebatado el cerebro, transfiriendo parte de dicho cerebro a un anciano y obligando al joven realizar acciones mecánicas.



2.1.- Le echa veneno en la comida.

2.2.- Después de comer lo lleva de paseo al cementerio para devolverle una broma de la que fue víctima hace años.



3.1.- Todo el proceso cambia porque se demuestra la inocencia del acusado.

3.2.- El asesinado era el juez. El que suplanta la identidad al magistrado es el verdadero criminal, que ha conseguido llevar el juicio por los derroteros que a él le conviene, buscando un culpable y de esta manera esconder un caso de corrupción administrativa.



4.1.- Baja al cuadro de los contadores y sube el magnetotérmico.

4.2.- No puede soportar el estar sin luz, es algo superior a sus fuerzas, le falta el aire, se marea, etc. El exterior está iluminado por la luna y el tenue alumbrado de las farolas. Acerca una silla a la ventana, se encarama al alféizar. Se sienta en el rebaje de la parte externa de la ventana con los pies colgando del vacío. Allí se tranquiliza y espera hasta que vuelva la luz o que amanezca.



5.1.- Se va a trabajar. Es un comercial.

5.2.- Toma la maleta, se pone la gabardina y se mete en la bañera. Se sienta cómodo y abre el grifo de la ducha. Por fin llegó el gran día en el que podría realizar el viaje de sus sueños. Contempla como una lluvia de meteoritos cristalinos golpean su vehículo espacial, la bañera, pero él, comandante en jefe de la nave espacial sabe que una vez pasada la tormenta de asteroides, el trayecto que le queda para llegar a Alfa Centauro, será tranquilo.



6.1.- Sus enemigos se aburren y se largan. Las murallas del imperio eran inexpugnables.

6.2.- Les piden a los que les están sitiando que se vayan un poco más para atrás porque les están proyectando sombras. Luego les echan la ropa sucia por la muralla y les indican la dirección del río, requiriéndoles que hagan la colada. Les arrojan unas monedas y ordenan que vayan al pueblo de al lado a comprar pan.



7.1.- No se desespera. Sólo por el hecho de haberlo apuntado se acuerda de todo.

7.2.- El que pierde la agenda es Belzebú. Se le olvida absolutamente todo lo que tenía que hacer. De este modo, los apresados en el infierno huyen de tanto calor y ascienden al cielo. San Pedro, agobiado por la cantidad de almas que le llegan, algunas en muy mal estado, solicita la ayuda de Dios. Éste y sus ángeles bloquean la entrada al paraíso de tanto malvado y los vuelven a enviar a las calderas de Pedro Botero. El Creador apunta las labores que debe de realizar el diablo en unas tablas de piedra, al igual que hizo con Moisés. Además está tan cabreado por trabajar en domingo y por el extravío de la agenda, no sea que algún ángel más vaya a actuar incorrectamente y entonces tenga dos diablos, que arroja el tratado sobre la cocorota de Satán, rompiéndole un cuerno. El demonio no sólo recobra la memoria, sino que además la ira le puede, por lo que de vuelta al Fuego Eterno, apaga éste con un extintor y abre la puerta a los condenados, entregándoles un plano con instrucciones de cómo colarse en el Reino de los Cielos.

jueves, 3 de mayo de 2012

Ejercicio 10.2 Oscar.


             ¡Qué cansado estoy la virgen! Después de un duro día de trabajo es una gozada llegar a la habitación y poder tumbarme en la camaza un rato. Que dolor de pies. Hace diez años empecé en esto pensando que era un chollo, ser representante para  una empresa de electricidad iba a ser el trabajo del siglo. Un sueldo increíble, horario propio y no tener que dar cuentas ante nadie. Pero hay de mí, en seguida me di cuenta, nadie ata los perros con longanizas. No tenía horarios ni jefes, pero si no cumplo los objetivos de venta cobro una mierda, si no visito a los clientes me los quitan, si no aumento la cartera contratan más comerciales. El sueldo ya no es tan bueno como era antes, me lo han sacado del pellejo a base de bien. Llevo tres días en la convención y no he hecho más que pasar de un stand a otro peleando me por robarles clientes a los demás mientras lucho porque no me roben los míos. Además, la competencia cada día es más feroz, un montón de niñatos recién salidos de la carrera con mucha más preparación y más listos que yo. Cada día me cuesta más esfuerzo y más horas cumplir con lo que me ordenan. Es más, los objetivos de ventas cada día están más fuera de la realidad.
            Abro la cartera, saco la foto de mi mujer y mis hijos. Que éramos entonces, que felices son ahora con Mark. Es un buen hombre que dedica a los niños el tiempo que yo no puedo. No se casan para no perder la pensión, la muy zorra. ¡Como les odio!
            Alguien ha dejado un regalo para mí, creía que nadie se acordaba de mi cumpleaños. Recojo el paquete, se mota que alguien ha puesto esmero en él, el delicado papel rojo con dibujos dorados a juego con una cinta verde y roja ribeteada en dorado. Con que delicadeza han doblado los bordes y han cerrado el paquete sin usar celo. Preciosa caja, es una caja de cartón de los veinte duros con algodón dentro, pero bonita. Decorada en negro con esquineros latonados y un pequeño espacio para poner etiquetas con mi nombre. Y dentro… ¡un corazón sanguinolento y palpitante! Pegando pequeños botes al ritmo del palpitar.
            Me despierto sobresaltado, como si tuviera un resorte en la espalda, me incorporo de un solo golpe, que susto madre mía. Me he quedado dormido, que mal lo he pasado.
            Me tomo una larga y relajante ducha, es una de las cosas que más me gusta en el mundo. Después de un duro día de trabajo, me lleva a mundos en los que solo mi imaginación gobierna, el único rincón de mi vida donde puedo decir que soy yo el que tiene las riendas de mi vida. Pero hoy no es así, ni el agua caliente ha podido borrar la imagen de mi corazón latiendo al son de la muerte, sí era mi corazón. No sé como lo sé pero algo en mi mente está intentando avisarme de algo. No, no puede ser, es una tontería.
            Apago la tele, acabo de tener mi ración de sexo diaria con el canal de porno del hotel, y como no ponen nada interesante me bajaré a tomar un trago al bar.
            Todos los bares de hotel me parecen iguales, lugares fríos y desolados en los que solo paran algunos desahuciados y señoras mayores jugando al bridge. Largo y estrecho con paneles de capitoné burdeos y apliques dorados por todas partes, no sé si estuvo de moda alguna vez, pero ahora es más cure que vintage. Me siento en uno de los bancos corridos con forma de u, llamo al camarero y me pongo nervioso con el espejo inclinado que preside la mesa. Puede que yo sea un tipo aprensivo, pero esos espejos siempre me dan mala espina.
—Un  Jack Daniel´s one barrel con hielo, por favor. — siempre lo pido aún a sabiendas que tendré que conformarme con un nº7, me encanta su sabor y de vez en cuando algún barman me sorprende y me lo sirve.
—Sí señor, en seguida.
—Gracias. —Parece que al final no va a ser tan mal cumpleaños. —

Ejercicio 10.1 Oscar.


Pobre niño, míralo hay sentado junto a ese árbol. Está en el mejor momento, en el mejor sitio, y sin embargo no es feliz.

—Como puede ser eso, si la vida te sonríe muchacho.
—Si yo quiero querer, pero el corazón no deja.
—Tienes cinco años, y las penas ya te rondan el corazón. Si apenas has empezado a navegar, ¿cómo puedes ir tras la estrella polar en rumbo Sur? Esas son cosas de mayores.
—No sé si el amor es cosa de mayores, pero la timidez es del tiempo.
— ¿Cómo? Acaso es problema de timidez.
—El problema es ella, ¡es tan guapa! Y yo, tan poca cosa.
—Pero ella es una chica y tú un chico ¿Qué puede pasar entre los dos que tan sea malo?

            Nunca supe cómo ayudar a los humanos, solo sé gustarles por mis flores, alimentarles con mis frutos o darles mi calor y mi sangre. Cien años viéndoles pasar, viéndoles crecer y viéndoles convertirse en una sociedad adulta, egoísta pero adulta. Ojalá supiera enseñarles el sendero del tiempo. Ojalá, pudiera enseñarles de nuevo lo que antaño supieron. La madre natura tenía puesta sus esperanzas en aquellos, en los que escaparon sobre barcos de piedra; Pascua, Australia, Nueva Zelanda,… ellos también fallaron. Aún quedan unos pocos que todavía saben del camino secreto, pero tarde o temprano los encontrarán y nuestras esperanzas se perderán para siempre.

—Árbol.
—Dime, mi niño.
— ¿Seré así de tímido toda la vida?
—Puede ¿Acaso importa?
—Sí, ser tímido duele. Sé lo que quiero decir. Mas, las palabras se atragantan, se trastabillan intentando salir, se hacen pelota en la punta de la lengua, y de ahí no pasan.
—Cada uno nos expresamos como podemos, a mí me duele ver a los hombres destruyendo lo que nos sostiene a todos. ¡Si no estuvierais tan sordos!
—Yo, siempre te hice caso papa árbol.
—Pero te harás mayor y te olvidaras de cómo se habla conmigo. Seré un sueño infantil.
—Yo ¡nunca  te dejaré!
—Lo han intentado las hadas y los gnomos, el viento y el mar, el fuego y el rayo, pero por mucho que hagamos siempre os olvidáis.

            Cuanta tristeza bajo la piel de la madre naturaleza, el mundo se queja y los mayores no le escuchan. Yo escucho, pero no sirve de nada. Ella está hay delante y no la puedo decir lo que siento. A padre le cuento lo hablo de ti, y no me cree. Ayer me dijo que le gustaba. Me pidió ir al baile conmigo. Pero ahí me quedé yo, plantado, sin decir nada. Ella se fue llorando, y mi alma se rompía un poquito con cada lágrima que resbalaba de su mejilla. Hice, lo que más temía. Hice, lo que el mundo me prohibía. Hice, lo que mi alma me impedía. La hice llorar.

—No te sientas triste niño, hiciste lo que podías.
—La hice sufrir, es culpa mía.
—Lo que paso, no lo puedes cambiar, pero si puedes arreglar lo que no ha pasado todavía.
—Arreglaré lo que pueda, el mal que nunca debió hacerse, ya está hecho. Solo queda mejorar.

viernes, 20 de abril de 2012

Ejercicio 10.1 b Viñeta. Paco


Felipe por el parque

     Sábado por la mañana,  mediados de mayo, Felipe no tiene clase, camina despistado por el parque, ha quedado con sus amiguitos alrededor del estanque para jugar un rato. Va despreocupado, más bien ido, embutido en sus pensamientos aunque no  piensa en nada concreto, ni en que juego quiere jugar, o si le apetece escarbar en la arena.

     El trabajo de la primavera luce esplendoroso en este jardín tan mimado. Al camino de tierra asaltan pájaros buscando alguna pipa renunciada, jilgueros comunes revolotean entre los álamos. El chaval agradece las manchas de sombra que dibujan las grandes coníferas, mira al suelo, una ardilla cruza muy rápida el camino y se pierde en su ascenso en la copa del pino.
    
     Felipe se mueve lentamente observando el césped y fijándose en cualquier leve grieta de su senda en busca de hormiguitas. Las abejas que rodean los macizos de romero florecido percuten con su zumbido el oído del pibe. Hoy no ha ido a la escuela, esta feliz, tararea una canción, siente unas ganas terribles de echar a correr.

     Allá, de pronto,  descubre a la chica, se para en seco, se toca la frente, piensa:
     “¡Ostras! ¿Que veo?, una piba preciosa sentada en un banco. Esta esperando a un tipo como yo, seguro”.
     —¡Buuaa…! que pelazo tiene, largísimo —dice susurrando según se va acercando—y es morena como a mi me gusta.
     Ilusionado se toca el mentón, una brisa muy ligera le levanta el flequillo.  
     —¡Como mola esa piba! —acierta a decir en voz baja sin parar de andar— Se parece mucho a Muriel.

     Una ligera zozobra le acelera el corazón, rápido,  quiere saber quien es. Se ha puesto nervioso, aligera el paso, en su interior va cavilando:
     “Hace como que lee, pero seguro que quiere que alguien  la entretenga un rato. Voy a preguntarla su nombre  y  la voy a decir que me gusta mucho, que es preciosa, que es mi tipo de chica, que me encanta su pelo, y que si me permite sentarme a su lado, que no la voy a molestar, que solo quiero mirarla”
     El niño se ilusiona, se le ha acelerado el pulso,  cada vez más nervioso, quiere llegar ya a su lado, su cabeza no para: 
     “Sigue ahí, atenta solo al libro.., que no disimule, a mi no me engaña, me ha visto perfectamente, pero quiere hacerse la interesante…,  no levanta la vista, silbaré un poco, mi infalible chiflido de tía buena”
     —¡huuf….uuhh!
     “Ni caso…¡Ostras, es guapísima!, que digo, es un pibón, que bien le queda la camiseta tan ajustada…  las dos…espero que levante los ojos…
     —¡huuf….uuhh!
     “No hay manera…”
     —¡Hola!, … ¿Hola? —pletórico de ilusión el amigo de Manolito.
     —¿Tiene hora? —pregunta expectante Felipe.
    “Se hace la  sorda o no me ha oído” cree  inocente.
     Ahora aclara la voz, sube en tono 
     —Perdón señorita —grita—, ¿Qué hora es?
     Imperturbable, la muchacha no pierde ripio de su quehacer. Algo se quebranta en el interior del chico que sigue rumiando:
     “Ni ha mirado…, que antipática…, que situación tan bochornosa…, si no eres de cuarto ni te miran, esta claro.  Si fuera ingeniero seguro que estaría detrás de mí…, no me la quitaría de encima”.
     Felipe camina cabizbajo, se apaga poco a poco, se dirige a la hierba, aún le queda una miaja de esperanza y se vuelve:
     “Nada… si que tiene que ser interesante el libro…, ni por curiosidad…, ni siquiera de reojo se ha dignado mirarme…,   me siento avergonzado, no puedo dar un paso…, que bochorno.”
     El muchacho gira la cabeza una vez más:
    “Definitivamente pasa de mí,  que ridículo me siento…, me quiero morir. ¿ Será esto lo que dice Mafalda que tienes el alma, “pichiruchi”? Tengo ganas de llorar, lo haría si no me viera nadie…, ni siquiera ha levantado la mirada…, no existo, me ignora,  ¿que puedo hacer?  Va a tener razón Susana cuando dice  que soy “el llanero solterón”.
     El pibe busca la sombra, se sienta con los brazos caídos y  las manos entre las piernas. Mira sin entusiasmo  una fila de hormigas,  se siente una hormiguita
     “No estoy nervioso, solo soy un papafrita. Mejor  estaría haciendo los deberes en mi casa. …Igual es una chica muy mayor para mí…,  ¡ja!...,  lo que la pasa es que es una creída…, y tampoco es tan guapa…,  parece un fideo de los largos...,  y ademas tiene mucha papada. Seguro que es una aburrida. ¡Mierda!... que se quede con su lectura “tan interesante”.
     Felipe coge una ramita de seto y  con la punta escarba en la tierra, mientras en su mente lo da vueltas:
     ¿Lograría  un psicoanalista aliviarme de esta angustia de ser ignorado?  No se me ocurre nada. Muriel tampoco sabe que existo. Puede que no se vaya a enterar nunca. ¡Jorobare!. Creo que mejor me voy a la guerra. 
                                                                                                                                                          Paco