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sábado, 25 de julio de 2015

Despieza-relatos 3: Una rosa para Emily, de William Faulkner

El jueves 23 de julio, además de homenajear a Diego por su cumpleaños y recibir su amable invitación, abordamos el tercer y último despieza-relatos de este verano, que tuvo por objeto una de las narraciones cortas más afamadas de Faulkner: Una rosa para Emily. Con ella concluimos esta serie dedicada a los autores de la "Generación Perdida".
 

A Rose for Emily —escrita por Faulkner en 1930 y publicada por primera vez en 1931 como parte del libro de relatos Estos Trece— tiene bastante más “chicha” de lo que en principio se diría, deparando su lectura profunda no pocas sorpresas. Las diecisiete páginas con las que contaba en su inicial versión las condensó Faulkner en seis, eliminando casi dos tercios del material original en busca de concisión pero también de acentuar determinados rasgos enigmáticos. La narración está dividida en cinco capítulos, utilizando –dicen- técnicas del folletín. El relato puede ser leído aquí.

El autor

William Faulkner (New Albany, Misisipi, 1897, Byhalia, 1962) fue un excelente narrador y poeta norteamericano. Su obra, integrada por un buen número de novelas y relatos, además de poemas y piezas de otra índole, se hizo acreedora del Nobel de Literatura en 1949.

Su estilo narrativo se sitúa en las antípodas del de Ernest Hemingway, que analizamos la anterior semana. Si el de este se basaba en frases cortas y simples, con muy escasa subordinación y una pronunciada economía de tropos, la marca de la casa de Faulkner son las frases largas, serpenteantes, en las que juega de manera innovadora, como enseguida veremos, tanto con el tiempo del relato como con las perspectivas de la narración. Se le atribuye una influencia decisiva en la literatura sudamericana del siglo XX.

Tras dejar los estudios, Faulkner entró en el banco de su abuelo. Participó como piloto en la primera Guerra Mundial. Trabajó como pintor, cartero y luego como periodista hasta que, con la ayuda de Sherwood Anderson, encontró editor para su primera novela (La paga de los soldados, 1926). Algunas de sus principales obras son El ruido y la furia (1929), Mientras agonizo (1930), Santuario (1931), Luz de agosto (1932), ¡Absalón, Absalón! (1936) y Las palmeras salvajes (1939). Entre sus relatos más destacados se encuentra El oso y también el que hoy nos ocupa.

Una rosa para Emily

Estamos ante una pirueta literaria que enlaza el relato gótico (gótica es la anécdota central, pero también otros aspectos, desde la obsesión por la casa hasta la siguiente descripción: “parecía abotagada, como un cuerpo que hubiera estado sumergido largo tiempo en agua estancada”), una pirueta, decía, que enlaza lo gótico con las texturas del realismo mágico (hay una vinculación muy particular de este relato con Crónica de una muerte anunciada: inicio in extrema res, voz colectiva…). Se utiliza en él también la técnica del dato oculto que vimos en Hemingway: la escena crucial entre Emily y Homer Barron no aparece en el texto, somos nosotros los que debemos reconstruirla con los indicios que nos brinda el autor y nuestras propias intuiciones.

Espacio: la ciudad de Jefferson, en el condado imaginario de Yoknapatawpha (de cuya difícil y pintoresca pronunciación nos informó sabiamente Rocío), un territorio en el que Faulkner condensa las esencias del viejo Sur de los Estados Unidos y a partir del cual logra una mágica combinación de universalidad y localismo. En el relato tiene una importancia crucial la casa de los Grierson: se parte de la curiosidad por descubrir qué alberga en su interior, lo cual no se muestra al lector hasta los últimos párrafos.

Tiempo: en general, posterior a la derrota del Sur por los yanquis en la Guerra de Secesión. A partir de ahí, Faulkner construye un auténtico laberinto de tiempos, con constantes saltos atrás y adelante, en que la precisión se pierde a cambio de un efecto de gran movilidad y, por supuesto, consiguiendo “colocar” en las condiciones que él quiere los elementos esenciales de la trama que el autor va sembrando.

Protagonista: Emily Grierson, última representante de una tradición y un mundo extinguidos. Desbaratadas sus posibilidades de contraer matrimonio por las exigencias de su padre, poco después de la muerte de este inicia una relación con la persona menos indicada, un capataz yanqui de vida alegre llamado Homer Barron. El personaje de Emily es pintado por Faulkner con tintes enigmáticos (recordemos que redujo folios sobre todo para ello) e incluso contradictorios: una veces se nos presenta como baja y gruesa, y otras esbelta y delgada; unas veces es tildada de ángel y otras de “perversa”; la vemos dominando a las autoridades de la ciudad y sometida a la autoridad paterna… Por no hablar de otros misterios como sus clases de pintura china, hum...).

Narrador: sin duda, uno de los puntos fuertes del relato. Se trata de la voz de la colectividad, que, muchas veces en primera persona del plural, nos traslada las distintas impresiones, sentimientos y reacciones de Jefferson frente a las andanzas de la señorita Emily. Es un narrador “infrasciente” y también múltiple, portavoz de distintas opiniones y posturas –de unas generaciones y de otras, de los hombres y de las mujeres…-.

Ritmo: podríamos denominarlo “de vaivén”. Esa voz de la colectividad tan variable (¡en un mismo párrafo puede hablar desde la compasión y desde la sed de venganza!), junto al constante ir y venir de los tiempos y la propia elaboración de las frases, contribuye a configurar el ritmo peculiar de la historia, que no avanza hacia su culminación de manera directa sino zigzagueando, escatimando informaciones esenciales y distrayéndonos con otras que no lo son tanto.

Conflicto: la contraposición de tradiciones y clases sociales es el caldo de cultivo ideal para la intervención castrante del padre de la señorita Emily, que está en el origen del conflicto central de Una rosa…: la soledad amorosa de Emily y el fracaso (no sabemos el exacto motivo) de su relación con Homer Barron, que concluye con la muerte de este y el prolongado episodio de locura necrofílica que descubrimos al final.

Tema: para muchos analistas, el tema es el tiempo: Emily es una mujer de otro tiempo y a quien, además, se le ha pasado su tiempo. En su locura, por otro lado, lo que acaba negando es el transcurrir del tiempo: por eso se remite al coronel Sartoris, muerto hacía años. Por eso niega la realidad de la muerte de su padre. Por eso “petrifica” a su amante en el lecho nupcial, convertido en un lecho de muerte pero, sobre todo, en un escenario de negación del tiempo (“...un cuello y una corbata como si se hubieran acabado de quitar…”, "al pie de la silla, los calcetines y los zapatos").


Indicios a analizar: El intento, desde el primer párrafo, de despertar la curiosidad por lo que pudiera haber en el interior de la casa. La ambigüedad en la caracterización de Homer Barron (“frecuentaba el trato de los hombres”). La compra del arsénico, con su rasgo genial de humor (“Quiero arsénico. ¿Es bueno? -¿Que si es bueno el arsénico? Sí, señora”). El caso del olor que salía de la casa. La compra del juego de tocador para hombre con las iniciales H. B. El propio título, del que a mi juicio cabe hacer una doble interpretación, fúnebre y erótica: una rosa lanzada por el narrador en el entierro de Emily (“la ciudad entera fue a contemplar a la señorita Emily yaciendo bajo montones de flores”), pero también, puesto que la rosa simboliza la pasión, referencia a aquella noche pasional de Emily y Homer Barron, que la muerte, “el largo sueño que dura más que el amor”, convirtió en eterna.

Con lo cual, salvo error u omisión, y con los comentarios que queráis aportar, damos por concluidos los despieza-relatos de este caluroso 2015.

¡Feliz verano a todos!

jueves, 16 de julio de 2015

Despieza-relatos 2: Los asesinos, de Ernest Hemingway

Este miércoles 15 de julio procedimos a despiezar el segundo relato de este verano, el muy estudiado Los asesinos, de Hemingway. Otro grande de la "Generación Perdida", a la que estamos dedicando nuestros últimos desvelos.

The Killers —que Hemingway pretendió titular, prístinamente, The Matadors— suele plantearse como ejemplo extraordinario de economía narrativa, con un diálogo muy vivo como sostén de la acción e intervenciones escuetas de un narrador que no se mete en dibujos. Se dice que Hemingway lo escribió de un tirón en la mañana del 16 de mayo de 1926. Fue publicado en 1927 como parte del libro Hombres sin mujeres. Se puede leer el relato aquí.


El autor y su tiempo

Ernest Miller Hemingway (Oak Park, Illinois, 1899, Ketchum, Idaho, 1961) es uno de los autores norteamericanos más influyentes. Su obra, compuesta sobre todo por relatos y novelas, fue reconocida con el premio Nobel en 1954.
En ella influyó su actividad como periodista y su experiencia personal en diversos conflictos armados, primero como conductor de ambulancias voluntario durante la Primera Guerra Mundial y más tarde como corresponsal en la Guerra Civil Española y en la Segunda Guerra Mundial.
En el París de los años 20, Hemingway alternó con las vanguardias y con otros miembros de la “Generación Perdida”, ambiente que retrata magistralmente Woody Allen en su película Medianoche en París. A lo largo de su vida se casó (de forma sucesiva) con cuatro mujeres. Tanto matrimonio, quizás, formaba parte de su propensión a sufrir accidentes, desde una explosión entre las piernas (con lo que eso debe de doler) en el frente italiano, hasta dos accidentes de avión en África, pasando por una auto-apertura craneal al confundir la cadena del váter con el tirador de un tragaluz. Los peor pensados vinculan episodios como este a la ingesta de alcohol.
Las obras de Hemingway están ambientadas en el mundo de la guerra, el boxeo, los toros, la caza o la pesca, actividades todas ellas “de vida y muerte”. Las más conocidas y aclamadas son (sobre gustos hay muchísimo escrito) Fiesta (The Sun Also Rises), Adiós a las armas, Por quién doblan las campanas y El viejo y el mar. El más paradigmático de sus relatos breves es, probablemente, el que hoy comentamos.

Los asesinos

Protagonista: no fácil de determinar. Para algunos lo es el joven Nick Adams, pero más bien por tratarse de un personaje que aparece en otras narraciones de Hemingway. Para otros lo sería Ole Andreson, el boxeador recluido en su pensión y no dispuesto a hacer nada para evitar su propio asesinato, cuyo error (“dato escondido” que nunca llegamos a conocer) desencadena la acción. Por cierto, sobre el procedimiento del dato escondido es muy recomendable leer a Vargas Llosa, cabe hacerlo aquíUna tercera postura atribuye el papel protagonista al bueno de George, responsable del restaurante, quien nunca es descrito físicamente por Hemingway pero sí caracterizado por su aplomo y pragmatismo (e incluso piropeado por uno de los asesinos).
Narrador: externo, que responde casi perfectamente a la definición de “narrador-cámara”. Jamás nos traslada lo que piensan los personajes (con la posible excepción de un “sonó tonto decirlo”, llegando al final) y casi nunca sabe más de lo que objetivamente se ve (salvo que el restaurante fue antes taberna y que Ole Andreson es boxeador, aunque ambas cosas no son precisamente secretos de estado, dada la pinta de ambos).
Ritmo: muy vivo, impulsado por el predominio del diálogo sobre la descripción y de las frases simples —muchas veces repetidas a modo de ecos— sobre las oraciones con subordinadas. Un elemento de desasosiego que utiliza Hemingway es el desajuste en la hora en el reloj y la distorsión del tiempo, que no transcurre de manera homogénea a lo largo del relato.
Conflicto: la irrupción del caos en el mundo ordenado de un restaurante de comida rápida pone en pie un conflicto en forma de dilema moral: ¿qué actitud adoptar ante el conocimiento de la muerte inminente de otro ser humano? ¿Hasta qué punto debe uno implicarse, o no, para tratar de evitarla? El cocinero negro, Sam, lo tiene claro: hasta ningún punto. George y Nick Adams, en cambio, se inclinan por tratar de ayudar. Se trata, en el fondo, de la idea de John Donne de la que surgió el título de Por quién doblan las campanas: “La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti”.
Tema:
 dado el “principio del iceberg” que aplicaba Hemingway en su teoría literaria (“No debe verse nunca más que un séptimo de lo que está bajo el agua”), a mí no me extrañaría que el tema de Los asesinos fuera absolutamente ajeno al discurrir aparente del relato. Quizá, el carácter repetitivo y absurdo de los actos más básicos de la vida (y la muerte).
Indicios a analizar: El aspecto estrafalario e inapropiado de los asesinos (“hombrecitos” con abrigos estrechos, caracterizados como personajes de vodevil y aludidos como “toreros” en el título que no llegó a ser). Desplazamientos semánticos en ciertas expresiones (Ole, nombre sueco y expresión taurina; Summit –cumbre- versus Fall –otoño y caída-; derby hat –sombrero hongo-, siendo derby = carrera de caballos, que también se citan en otra ocasión; ham and eggs fighters –boxeadores “de poca monta”, “de tercera fila”-, en relación con la reiterada expresión ham and eggs -jamón y huevos-…).

La próxima cita será con William Faulkner y Una rosa para Emily.
Podéis encontrar el relato aquí.
Nos vemos el jueves (¡atención!: el jueves) 23, a las 19,30 horas, en el Tejavana.

Feliz semana.


sábado, 11 de julio de 2015

Despieza-relatos 1: "Regreso a Babilonia", de F. Scott Fitzgerald

Este miércoles 8 hemos retomado la sana actividad que iniciamos el verano pasado de despiezar relatos y el elegido ha sido Scott Fitgerald, el favorito de Gertrude Stein entre los escritores que ella misma bautizó como la "Generación Perdida". Como nos ha gustado mucho, hemos decidido completar el terceto de despiezarrelatos con Hemingway y la propia Stein para las próximas dos sesiones.

El relato es "Regreso a Babilonia" (Babilonia revisited, en el original). De los 164 relatos que escribió se considera el mejor de ellos y, además, es un ejemplo de final que nos sorprende, aunque no podemos acusar al autor de no haber sembrado bien sus pistas. El relato se puede leer aquí.

Una breve introducción al autor y a su tiempo.
Francis Scott Fitzgerald (1896-1940) escribió cuentos, novelas, y al final también trabajó en Hollywood escribiendo guiones cinematográficos. Sus novelas no fueron bien apreciadas al comienzo y no le produjeron grandes ingresos como pretendía, fueron sus cuentos los que le aportaron buenas sumas de dinero para darse la gran vida. A partir de la mitad del decenio de los 40, ya fallecido el autor, se comenzó a valorar sus novelas, especialmente "El Gran Gatsby". Y a fines de la década de los sesenta se le consideraba ya al mismo nivel de los grandes escritores norteamericanos como Hemingway, Faulkner y Steinbeck. Casado con Zelda, una rica sureña, y padres de una niña, "Scottie", el matrimonio Fitzgerald vive primero en Nueva York y luego en el París de entreguerras, donde disfrutan de los locos años veinte, la era del jazz, el charleston, viviendo y bebiendo (sobre todo él) sin control. Tras el crack del 29 Scott Fitzgerald se refugia definitivamente en el alcohol y su mujer intenta suicidarse varias veces, por lo que ingresa en un psiquiátrico diagnosticada de esquizofrenia. Él fallece a los 44 años tras un doble infarto de miocardio y, ella, a los 48, al incendiarse el hospital donde estaba ingresada.

Protagonista: Charlie Wales. Tiene 35 años, no se detalla su aspecto físico. Sabemos que es americano, que malgastó el dinero en juergas pero que lo ha recuperado por un golpe de suerte. Es viudo y tiene una hija que está a cargo de su cuñada porque él ha estado en rehabilitación por alcoholismo.
Narrador: Omnisciente limitado a Charlie.
Ritmo: excelente, el relato avanza con mucha fluidez a lo largo de sus ¿catorce folios? a doble cara. El inicio se hace confuso por la avalancha de nombres.
Conflicto: tenemos cierto desacuerdo en este punto. Podemos hablar de doble conflicto. Hay un conflicto interno: Charlie desea íntimamente regresar a su estado anterior: la juerga, la bebida. Por eso lo primero que hace al llegar a París es preguntar por sus antiguos amigos de correrías. También hay otro otro conflicto externo. Charlie regresa a París porque viene a conseguir la custodia de su hija, a demostrarle a su cuñada (probablemente también a sí mismo) que está rehabilitado y puede hacerse cargo de ella.
Tema:  otro punto que ofrece diversas opiniones: la incapacidad de cambiar (Charlie regresa de nuevo a sus antiguos amigos), o bien un enfoque hacia el afán de superación, ese resurgir de las cenizas, no darse por vencido, pelear la custodia. Al fin y al cabo, no toma la segunda copa.
Indicios a analizar: La aparición de los amigotes de juergas de Charlie sorprende al lector, incluso al propio Charlie, sin embargo en dos ocasiones Fitzgerald nos ha dejado indicios de que ellos sabían su dirección porque él explícitamente se la había dejado. También está toda la doble moral de Charlie intentando ofrecer una imagen de bebedor reformado y, sin embargo, "coqueteando" con el deseo de su vida anterior, lo que mantiene al lector expectante sobre lo que finalmente sucederá con él.

Podéis seguir aportando en los comentarios. Sé que me he dejado mucha información, pero se trataba de resumir brevemente la sesión :)

La próxima cita es con Ernest Hemingway y "Los asesinos".
Podéis encontrar el relato aquí.
Nos vemos el miércoles 15 a las 19,30 horas en el Tejavana.

Feliz semana a todos.

lunes, 28 de julio de 2014

Despieza-relatos 3: "Una noche de espanto", de Antón Chéjov

Nuestra tercera y última cita fue con Chéjov y "Una noche de espanto".

Una breve introducción al autor.

Antón Chéjov nació el 17 de enero de 1860, en Taganborg, una pequeña ciudad situada en la costa del mar de Azov, al sur de Rusia. Tuvo una infancia difícil, marcada por el fuerte autoritarismo de su padre. Inicia sus estudios en la Facultad de Medicina, pero se lanza, a la vez, al mundo periodístico y publica innumerables relatos breves de corte satírico. Obtiene el título de médico y trabaja cerca de Moscú pero no deja de escribir relatos para los periódicos y, poco a poco, se va produciendo en sus textos una transformación; cada vez hay más dolor en ellos, más dramatismo y profundidad. Aunque nunca perteneció a un partido político, por ser una persona profundamente antidogmática, no permaneció inmóvil hacia la injusticia que percibía a su alrededor. Fundó por su cuenta varias escuelas rurales, organizó la lucha contra la epidemia del cólera y en 1890, ya debilitado y enfermo, viaja a la isla de Sakhalin, donde estudia la vida de los presos y publica después un informe que tuvo gran resonancia y que incluso dio lugar a que se produjeran reformas en el sistema penitenciario ruso. Tres años antes de su muerte, en 1901, se casa con la actriz Olga Knipper. La tuberculosis, que se había anunciado en 1885, le obliga a frecuentes viajes a diversos balnearios. Muere en Badenweiler, Alemania, el 2 de julio de 1904.

Elementos del relato:
Espacio: la acción en un barrio apartado de Moscú, en el recorrido entre varias casas de amigos y en las propias casas. 
Tiempo: Nochevieja de 1883.
Protagonista: Iván Ivanovitch Panihidin. Hombre sin supersticiones.
Narrador: En tercera persona (Iván) pero éste a su vez en primera.
Ritmo: muy fluido, oraciones coordinadas, abundantes interjecciones y soliloquios.
Conflicto: desde el inicio el protagonista nos presenta una atmósfera “de espanto” en la que Iván, un hombre no supersticioso, se encuentra sin embargo atemorizado tras una sesión de espiritismo, terror que se agiganta cuando encuentra un ataúd en su habitación. A partir de entonces el conflicto interior “lo que veo vs. lo que creo” será el motor que le impulse a ir en busca de sus amigos para resolver su disyuntiva y aclararse finalmente.
Tema: dado el giro del relato de un tono de terror a uno humorístico se podría elucubrar que la intención de Chéjov es satírica, burlarse de las prácticas de espiritismo que podían estar en boga en ese momento, o de la gente demasiado crédula o impresionable.

Hicimos una lectura teatralizada, tal y como el narrador del relato, Panihidin, debió narrarlo a su cautivada audiencia. Me encantó escucharos J

Aquí os dejo también el enlace al post de aquel humorista que adaptó el relato de Chéjov al siglo XXI para atrapar a sus oyentes.

Y esto es todo, ya sabéis que podéis comentar al pie de esta entrada. Pero por este verano ya hemos hecho mucho. Ahora toca leer, relajarse, recargar pilas con el sol e irse de vacaciones si se puede.

Feliz verano a todos.


Nos vemos de regreso en el Taller el 3 de octubre.

lunes, 21 de julio de 2014

Despieza-relatos 2: "Un día perfecto para el pez plátano", de J.D. Salinger

La próxima cita es con Chéjov y "Una noche de espanto".
Podéis encontrar el relato aquí (gracias por el enlace, Menchu).
Nos vemos el jueves 24 a las 19 horas en el Tejavana.

Resumo el despiece de Salinger.

Escogimos el que probablemente sea el mejor relato de este autor, que también destaca por una gran novela: "El guardián entre el centeno". 

Una breve introducción al autor.
J. D. (Jerome David) Salinger nació el 1 de enero de 1919 en Manhattan, Nueva York (Estados Unidos), en una familia acomodada. Usaba un lenguaje irreverente y amaba el periodismo y la literatura. A los quince años ya decidió ser escritor, y empezó a redactar los cuentos que le conducirán a la rara e inspirada perfección de su obra maestra. En la Universidad de Columbia asistió a un curso de escritura que impartía Whit Burnett, editor de Story, la revista literaria que descubrió a escritores como Norman Mailer, Tenesse Williams o Truman Capote. Cuando se desató la II Guerra Mundial, participó en ella. Su experiencia en la guerra le impactó profundamente, lo cual puede apreciarse en sus escritos. Tras la derrota alemana, estuvo en el servicio de contraespionaje militar. Después del conflicto bélico, Salinger, aconsejado por Burnett, consiguió que algunos de sus relatos cortos fueran aceptados por publicaciones populares. Le costó una década publicar el libro «El guardián entre el centeno», que alcanzaría fabulosas cifras de venta y se transformaría en uno de esos libros de culto. Ni el propio J. D. Salinger había soñado tal éxito, que se vio ratificado con sus siguientes títulos: «Nueve cuentos» (1953). En la actualidad, Salinger está considerado quizá el mejor cuentista norteamericano junto a Raymond Carver.


Elementos del relato:
Espaciola acción transcurre en tres escenarios: la habitación de Muriel y Seymour Glass, la playa y el trayecto ascensor-habitación. 
Tiempo: 1948, por la información del relato ha pasado poco tiempo desde el regreso de Seymour de la Guerra (por las fechas de la publicación sabemos que es la Segunda Guerra Mundial).
Protagonista: Seymour Glass. Piel blanca. ¿Tatuaje? Bañador azul eléctrico. Carácter especial. Entiende alemán (lo lee, al menos). Sensible. Le gustan los niños, se siente cómodo con ellos. Raro, peculiar. Está claro que tiene un trauma o un comportamiento anómalo. 
Narrador: Vídeo.
Ritmo: muy fluido
Conflicto: desde el inicio el diálogo madre-hija nos presenta al protagonista (Seymour), una persona perturbada, sobre la cual se generan unas expectativas de agresividad que se reflejan en una tensión constante a lo largo de la segunda escena, en la playa, en la que aparece Seymour con Sybil, una niña pequeña (suponemos que de unos cinco años). La tensión se libera al ver que no sucede nada extraño, que Seymour es absolutamente normal con los niños, pero vuelve a su comportamiento excéntrico en la escena final, mientras sube en el ascensor, por lo que el clímax del relato se alcanza cuando finalmente empuña un arma mientras contempla a su mujer dormida y se resuelve al disparar.
Tema: relato anti-belicista
Indicios a analizar: todos los indicios que el autor va sembrando a través de sus diálogos -magistrales-  para sembrar la intriga. Conversaciones de a tres (siempre hay un tercero, ausente pero presente en la conversación). La familia Glass no es nueva en los relatos de Salinger. En concreto, Seymour aparece en dos relatos anteriores, y pertenece a una familia de siete hermanos superdotados. Otro tema recurrente en Salinger es la inadaptación al entorno (véase "El guardián entre el centeno") y la agilidad y perspicacia mental de personajes trastornados que encuentran en la inocencia, en la inteligencia y en la gracia de los niños una luz de esperanza e incluso una vía de redención para su sufrimiento.

Añado un aporte de Diego, que escribió luego: 

Florida no deja de ser Caribe. Era, y es, un destino para el turismo americano de la época. Bien, pues el autor elude cualquier descripción del entorno turístico. Nada. Todo queda al albur del lector. Esa es la geografía que se nos sustrae. El otro escenario sería el hotel y tampoco sabemos mucho. Sí, tienen un piano. Y Salinger no nos proporciona el dato de fabricante. Pero mira por donde nos dice donde se ha comprado la blusa Muriel. Nada menos que en Saks, en la Quinta Avenida. ¿Y el mar? "El mar es terrible pero la tierra no tiene corazón" que diría Henry Miller. El magistral diálogo con Sybil tiene agua salada y el cielo protector sobre sus cabezas y nada más. Salinger es tan parco a la hora de situarnos porque no le interesa. La atmósfera la procuran los personajes y sus palabras. Y eso basta. De cinematográfico, nada. Pura,dura, diamantina y cruel literatura.
Obviamos, casi siempre, el contexto histórico de los cuentos realistas. Cuando estamos ante uno de corte fantástico es otro asunto: las divagaciones son más propicias.
Ayer se nos pasó el detalle del congreso que tiene lugar en el hotel. Es importante. Colapsan la centralita para las llamadas de larga distancia. Salinger podía haber elegido los representantes de hilo dental, aspiradoras o agentes inmobiliarios. Pues no. Hete aquí a noventa y siete agentes de publicidad y . . . neoyorkinos. Con dos frases fija el poder de la producción, el consumo y la publicidad. Triángulo mágico. Y tampoco nos cuenta cómo van vestidos. Ni sus juergas y escarceos extra conyugales. Ya llegará Richard Ford para ponerlos en su sitio. Nos importa un pimiento del piquillo el grupo de agentes y al autor aún menos. 
No sabía que Salinger estuvo en la guerra. Todas las aristas de las frases que tienen relación con el conflicto bélico, son como el restallido del látigo esgrimido por alguien que plantea dudas sobre las bondades del triunfo. Nunca sabremos con certeza cuántas personas exhalaron el último suspiro en esa mierda de guerra que tanto me ha entretenido en el cine. Seymour ha pasado mucho tiempo en un hospital para veteranos. Después de restañar las heridas reales, a los veteranos, con secuelas psicológicas, los largaban para no tener estadística. Está blanco. Lo imagino sin salir a pasear y leyendo. Leía y pensaba. Pensaba en la autodestrucción para deshacerse del lastre sangriento.
También creo que los peces plátano son una imagen que remite a la guerra. La fiebre platanífera, una manera camuflada de poner sobre el papel el estado psicológico de los combatientes y, a la vez, sostener una relación cariñosa con una niña, la inocencia que mencionasteis la otra tarde.
Y para terminar, también pienso que se despide de la chica, su mujer, con esa otra mirada porque le tiene cariño, de otra manera no hubiera repetido la mirada.

Podéis seguir aportando en los comentarios.

Feliz semana a todos.

domingo, 13 de julio de 2014

Despieza-relatos 1: "Felicidad", de Katherine Mansfield

Como anunciábamos, hemos comenzado a reunirnos los jueves de julio para despiezar relatos y el elegido fue el de una autora de procedencia neozelandesa pero que acabó inculturándose en Reino Unido: Katherine Mansfield.

El relato es "Felicidad" (Bliss, en inglés). Son superiores otros como el de "Fiesta en el jardín" o "Casa de Muñecas", pero como fue el utilizado en el pre-ejercicio, finalmente decidí optar por éste. De todas formas, para estudiar un relato con final abierto, típico chejoviano, cualquiera de ella es una opción válida. El relato se puede leer aquí.

Una breve introducción a la autora y a su tiempo.
Érase una vez una chica de Nueva Zelanda que tocaba el violonchelo y escribía relatos, y que vino a Londres y tuvo grandes amores y pasiones, y que a los 34 años murió en Fontainebleau, junto a París, en un centro de la secta gurdjieff. Aunque ella no lo sabía, era la mejor narradora de cuentos en literatura inglesa y había forjado un arte exquisito, más próximo a la poesía que a la novela, donde cada emoción tenía su palabra adecuada. Así podríamos resumir la vida de Katherine Mansfield (1888-1923), admiradora de Chéjov y envidiada por Virgina Woolf. Murió sin hijos y fue su marido el encargado de sacar su obra a la luz tras su fallecimiento. "Felicidad" fue escrito en 1920 y, como el resto de su obra, minimiza la intriga a favor de un punto de vista que ahonda en los estados de ánimo de los personajes y en la exploración de una situación específica, de un retazo de la vida cotidiana.

Elementos del relato:
Espacio: la acción transcurre en la casa de Berta Young, en diferentes habitaciones por la que va pasando.
Tiempo: 1920, puede ser primavera por la referencia del peral, la referencia de la fruta nos despista un poco, se ha apuntado si no ha podido haber un lapsus con la floración neozelandesa.
Protagonista: Berta Young. En la treintena, ojos oscuros. No nos ponemos de acuerdo en si es guapa o no, pero si el marido es potentado deducimos que ella ha debido tener algún reclamo ya que parece ser una criatura bastante simple. No parece que ella sea la rica, ya que no daría tanta importancia al hecho de contar con un marido adinerado. Frívola, snob, insustancial, hija de su tiempo.
Narrador: Omnisciente, pero desde la cabeza de Berta, mostrándonos sus pensamientos.
Ritmo: excelente, el relato avanza con mucha fluidez a lo largo de sus diez folios (o cinco folios a doble cara)
Conflicto: el estado de felicidad del que venía embargada Berta Young desde la mañana se quiebra al descubrir que su amiga y su marido están teniendo una aventura.
Tema: ¿la felicidad como algo subjetivo u objetivo?/la entrada en el mundo del disimulo, ya que es evidente por la forma de ser de Berta que no dejará a su marido, luego debe fingir que no sucede nada.
Indicios a analizar: ¿por qué Berta está tan feliz ese día? ¿acaso le sucede con frecuencia? No parece que sea así, de hecho le lleva incluso al deseo físico por su marido, algo que no es habitual. La Sra. Fulton parece haber sido el catalizador de esa reacción, el encuentro de ese "alma gemela" que Berta describe.
¿Qué simboliza el peral? Es el único que permanece inmutable frente a todos los cambios que se han producido en ese día. Su belleza serena e inalterada parece indicar que Berta ha elegido mal los cimientos de su felicidad y, en consecuencia, se lleva las esperadas decepciones.

Podéis seguir aportando en los comentarios.

La próxima cita es con J.D. Salinger y "Un día perfecto para el pez plátano" .
Podéis encontrar el relato aquí.
Nos vemos el jueves 17 a las 19 horas en el Tejavana.

Feliz semana a todos.



martes, 19 de febrero de 2013

Ayuda para Blanca ¿qué cambiaríais?


Pensamiento caníbal


            Carmen siempre fue la última en salir de la oficina. No solía coger el autobús, nadie la esperaba en casa y era frecuente que regresara dando un paseo. Aquel invierno fue más frío de lo normal  y los transeúntes caminaban rápido buscando cobijo en el interior de los edificios. Es posible que a la mayoría les esperara un humeante plato de sopa y un cálido ambiente mientras se conversaba en familia. Ella muchas veces olvidaba poner la calefacción y estaba harta de calentar la comida en el microondas, lo que llevaba haciendo desde que había perdido a su madre.

sábado, 12 de mayo de 2012

Blanca (Literatura Exprés)


Tan cerca en la distancia



                Allá en el campo santo rompí el vínculo que me unía a ti. Por fin tu persona se encuentra bajo la fría tierra del mes de febrero. Te has ido, pero aún en la distancia mi mente ha quedado atrapada por el temor a tu regreso. Desde el otro lado invades mi intimidad con tus toscas palabras, tu mirar lascivo y tus ásperas manos sobre mi piel.

            Mamá siempre pensó que este odio visceral que sentía hacia ti era fruto de tu rudo comportamiento para con nosotras. Yo nunca quise decirle la verdad. Bastante tenía con cubrirse de maquillaje las violáceas magulladuras que la ocasionabas, y después mentir inventando increíbles historias: el moratón de la mejilla era un golpe al abrir una puerta, el brazo roto una caída por la escalera. Mamá siempre mentía. Jamás tuvo la intención de engañar a los demás, pero mentía, y sobretodo se mentía a ella misma pensando que de la colmena humana, estamos obligados a inventarlas y depositar nuestra fe en ellas. Mamá y sus quimeras. El universo de mamá siempre ha estado lleno de ilusos pensamientos y así permanecerá hasta que la vejez los borre de la memoria.

            Yo en cambio no tengo intención de cambiar estos recuerdos. Si mañana desaparecieran estas imágenes que resucita mi subconsciente, ¿quién va a condenar al infanticida de sueños pueriles?

            Mamás sabía de mi sufrimiento, pero nunca adivinó la causa que lo provocaba. Ese afán suyo por transformar la realidad nos llevaba todas las tardes de los viernes a la biblioteca. Todas las semanas sacaba una novela romántica, de amores irreales bendecidos por Cupido. Por aquel entonces, yo ya era conocedora de la inexistencia de príncipes azules, aunque fantaseaba con intrépidos  personajes que defendían a ultranza la verdad, es por este motivo por lo que en mi elección siempre había libros de aventuras. Para ti el fin de semana empezaba en el bar y acababa en mi cama. La borrachera no te permitía discernir entre el bien y el mal, pero sé que aún ebrio eras consciente de lo que deseabas, y yo me convertía en el objeto para obtenerlo. Durante algún tiempo no sospeché del peligro que se corre cuando habitas sobre la cornisa de un mundo ficticio y me dejé llevar por las fantasías maternas. Utilicé los libros como llaves que posibilitan la apertura de puertas que facultan la entrada a otros reinos, y me perdí. Tuve que haber buscado antes la salida y no lo hice, pero el final llegó del modo más insospechado.

            Los sábados por la mañana hacíamos la compra para el resto de la semana. Mientras me mandaba ir a comprar pan, ella adquiría una rosa carmesí que guardaba celosamente dentro de su bolso. Una vez que entrábamos en casa depositaba la flor sobre la mesa del comedor y con una amplia sonrisa te echaba un piropo nunca merecido:

            —Tu padre, ¡qué encantador que es! Nunca olvida regalarme una rosa.

            — ¿Te traigo un vaso con agua y la pones dentro? —la preguntaba yo siguiendo el delirio que la permitía soportar su trágica vida.

            Y así un año y otro, las dos fuera de la razón, agriándonos el carácter y avanzando, temerosamente, hacia la perdición.

            Nuestros gustos por la literatura cambiaron. Mi madre empezó a demostrar curiosidad por tratados de medicina y química, abandonando la lectura de las novelas. Creí que esto era un buen augurio pues sería la única forma que había para que reconociera el error que había cometido al casarse y la estupidez de hacer perdurar dicha relación. Aquel periodo coincidió con la enfermedad de mi padre, y que a la larga le ocasionaría la muerte. En un primer momento los síntomas manifestados eran de indigestión. Visitamos a varios galenos, pero aunque las transaminasas estaban un poco elevadas, nadie aducía la dolencia a ello. Una madrugada, antes de que los primeros rayos del naciente sol pintaran el mundo con sus vivos colores, mi padre se despertó tosiendo estrepitosamente. Cuando encendimos la luz contemplamos una lluvia de granates gotas que regaban el edredón, la pared y mi rostro. Sí, pude haberme apartado, pero no lo deseé. Agarrando sus desfallecidas manos, tiré de él y con la rabia diabólica que había sabido abonar durante tantos años, le miré fijamente a los ojos y repleta de confianza le increpé:

            — ¡Muere!

            Después de enterrar a mi padre, mamá regresó a sus novelas y volvió a perderse en su inverosímil mundo.

            El hábito de sacar un libro los viernes por la tarde sigue estando presente en mí. Ya no leo libros de aventuras, la vida es una aventura en sí en la que estamos obligados a ser protagonistas y no personajes secundarios. He adquirido un gusto desmedido por la novela policiaca y al igual que mi madre he relegado para otra ocasión los ejemplares que tratan de química. Posiblemente en un futuro no muy lejano me vea acuciada a introducirme en el terreno de la psicología clínica. Necesito saber cómo puedo desembarazarme de su gélida alma que me quema por dentro. La gran distancia que separa la vida de la muerte nos ha encadenado para siempre.

lunes, 12 de marzo de 2012

Blanca


El legado de Hemingway



            Allí, donde se pierde la vista, líneas de hileras paralelas se juntan en el infinito, y otorgan a los campos riojanos ese verdor polvoriento de los sedientos veranos. El cielo, apenas cubierto por tenues cirros, permite al poderoso astro secar la tierra pulverizando la arena.

            Yo, Hemingway, explorador de paisajes, acudí al lugar de la fiesta montado en un toro azabache, de pitones color cepa y tinto en los ojos. Llegué y eché mis redes. En este lugar quedé atrapado en ese tiempo infinito que posee la memoria. La bodega absorbió mi alma, y yo obtuve su aroma, su sabor y su vida.        

            Yo, Hemingway, descubridor de festejos y costumbres, paladín de tradiciones,  paladeé la exuberancia del éxito y caté la gloria del vino: tinto de sangre y letras, blanco de sol y arena, y rosado de capa torera.

            Yo, Hemingway, alquimista de leyendas, forjé mis escritos desde esta tierra, y los aboné con sus gentes y sus creencias. Presentí universos imaginarios de olorosas barricas que custodian el sagrado líquido, de rubí, de oro y de amatista rosácea.

            Yo, Hemingway, aventurero de mundos inhóspitos, y aborigen en vuestra patria,  sigo estando de donde nunca me fui. Esta comarca de tarde de clarines y timbales, de horizontes de viñedos, de perfume de bodegas, de temperamento áspero y de sabor elegante, me apresó la voluntad.

            Yo, Hemingway, buscador de gentes y paraísos, descubrí la fresca bodega que me obsequió con una cálida bienvenida. Las bodegas, depósito de esmeraldas, techadas con austeros arcos de piedra caliza, evocan mi nostalgia. La esencia, que es todo aquello que queda cuando ya nos hemos ido, gratamente fue legada, y a cambio recibí, el memorial que ésta me consagra.
http.//www.paternina.com/hemingway

jueves, 16 de febrero de 2012

Blanca

Necesito vuestra colaboración para que me digáis lo que no os gusta. Case frase que hay con letra cursiva es un fenómeno físico real. Es el relato que voy a presentar para el concurso del Museo. Admito sugerencias. Gracias.

Crisis: unidad de medida

        La enfermedad de mi hermano había obligado a mis padres a vender el apartamento de la playa. Aquellos veranos a la orilla del mar no volverían a repetirse, y eso me irritaba. Por aquel entonces no comprendí lo absurdo que era enfurecerse contra la adversidad. Las crisis, que nunca duran una eternidad, nos enseñan a conocer el valor de las cosas auténticas.

            Me dirigí a la biblioteca, por esto de gastar poco dinero, y busqué en la sección de ciencias algo que leer. Un manual de cosmología llamó poderosamente mi atención. Lo saqué de la estantería y me encaminé a un sillón próximo a un ventanal para poder ojearlo con luz natural. El libro sólo tenía ilustraciones, pero de él salía una voz que hablaba en un idioma desconocido para mí, y que por extraño que parezca, conseguía entender.

            “Soy fruto de una explosión creadora en donde las leyes de la Física se proyectan hacia el futuro. La más absoluta de las nadas inventó el espacio-tiempo para permitirnos a nosotras, abejas obreras del plasma, ingeniar mundos desconocidos hasta el momento. Gestamos abrasadores astros de latir rabioso; procreamos planetas compañeros de estrellas, y otros, que con andares errabundos, vagan solitarios a través de la inmensidad. Acercamos sistemas solares y diseñamos galaxias de geométricas formas con abismos desconocidos incluso para la imaginación. Viajamos en lomos de nebulosas plateadas a velocidades próximas a las de la luz esparciendo universo. No tardé mucho en formar parte de un huracanado viento estelar. Una poderosa fuerza de marea terrestre me cautivó con su cantar de sirena, pero no me dejé vencer. He abrazado la Tierra y me he despedido de ella. Mi alma ha dejado fantasmas de esmeralda y rubí para que sean evocados por sueños de poetas. Y así seguiré, hasta que todos regresemos a la singularidad, pues antes de que el espacio y el tiempo fueran creados, nada había. Soy fruto de aquella explosión que definió las leyes de la Física y generó la esencia”.

            Aparté mi vista de las impresionantes imágenes del cielo y cerré mis ojos, fue entonces cuando percibí la minúscula dimensión de algunas preocupaciones, a las que llamamos crisis, frente a la grandeza del firmamento.

martes, 14 de febrero de 2012


Oscar de Abajo

Recuerdos

Mirándote miraba si tu mirada miraba mirarse en mi mirada.

Como ser volador volaba  a comunicar que quería comunicarme.

La simplicidad de lo simple, trae la felicidad al que no es feliz.

Buscaba y no encontraba. Estaba triste, ya no se alegraba. Despierto soñaba que dejaba de llorar para sonreír.

Dejé de sonreír, ya solo lloraba, empecé a estar triste, la alegría se acababa.

Tú traías lo que yo no tenía, me dabas lo que necesitaba. Porque te encontré sin buscarte, ya no te soñaba, te

amaba.

Estos son los recuerdos que me evoca tu amor, ahora perdido. Me gustaría encontrar la felicidad que un día a tu lado tuve, pero sé que se ha ido. Doce años desde que dejé de estar enamorado y no consigo encontrar mi camino. Sé que mi mente vive en el caos  y que no puedo hilar pensamientos racionales, que más quisiera que volver a ser el que era, pero no puedo mis recuerdos se han ido.

viernes, 10 de febrero de 2012

Blanca. Relato para comentar.


La sima del deseo



            No te vayas Morfeo, quédate un poco más. Si abandonas mi mente, volverá la inquietud para adueñarse de mi ser, y Eros no vendrá. El Dios del amor no desea estar en parajes ventosos. El Dios del amor, necesita escenarios oníricos llenos de placidez, y huye de aquellos en los que se ha impuesto la incómoda realidad.

            Mis ojos cerrados traen de nuevo las imágenes de aquel bullicioso café. Allí estabas tú, codo con codo, intentando pagar la bebida al mismo tiempo que yo. Se me cayeron las monedas y ambos nos agachamos para recogerlas. Entre tanta gente, el poco espacio nos permitió acercar nuestros rostros y fundir nuestras miradas para intercambiar deseos. Atados por las invisibles cadenas que crean el gentío y la música,  seguimos toda la velada muy próximos.

            Me propusiste alejarnos del bullicio, y yo acepté. Deambulamos por las vacías calles bajo los tenues rayos de las farolas. Aprovechando un traspiés, previsible con el adoquinado del suelo y los tacones, me abrazaste. Te comenté que hacía frío, pero no era cierto, las noches estivales siempre son cálidas.

            Una nueva propuesta nos metió en tu casa.

            Me seguías hablando muy cerca, con tus labios pegados a mi oído. El silencio nos envolvía y no hubiera sido necesaria tu proximidad, pero me susurrabas y de este modo caí hipnotizada con tus palabras que apenas conseguía entender. Puede que este fuera el motivo por el que acabé en tu cama. No hubo premeditación, yo no lo hubiera consentido, pero Eros estaba allí, envolviéndonos con su velo. El deseo dejó paso a la pasión y la pasión al paraíso. Tus palabras callaron. Tus brazos me anclaron a tu cuerpo. Tu ansia me dominó y me dejé seducir. Eros nos abrió las puertas del Olimpo y juntos entramos. No sé cuanto tiempo estuvimos así. Me pareció un periodo breve, pero mi mente ha quedado totalmente invadida por este delirio.

            La lujuria dio paso a la ensoñación de mundos inalcanzables. Eros lanzó su flecha y ésta me atravesó la razón. Te sentí siempre mío. Para mi serás el universo, el todo de cualquier deseo, la ambiciosa plenitud. En aquel momento no presagié abismos…

            Esta mañana no fui a trabajar, no porque me encontrase mal, sino porque la euforia no me hubiera permitido realizar ninguna tarea. ¡Así qué decidí tomarme el día libre! Te llamé al móvil varias veces, pero no pude dar contigo. La impaciencia me desbordó y decidí salir a la calle para buscarte. Me dirigí a tu casa y toqué con ímpetu el botón del portero automático. No obtuve respuesta. Empujé el portón de madera que aísla el interior del edificio de la calle, pero no se abrió. Permanecí ansiosa junto a la puerta de tu portal sin saber muy bien qué hacer. A lo lejos vi aproximarse al cartero, y pensé: ¡Dios mío, que tenga correspondencia para esta finca! El repartidor tocó a varios telefonillos y después de gritar: ¡cartero!, alguien le abrió. Aprovechando la ocasión, me colé dentro. Me dirigí al montacargas y apreté el botón para que bajara. El desasosiego que tenía encima no me permitió esperar a que el ascensor acabara de descender, y como una loca me precipité escaleras arriba. El golpear de mis tacones sobre los viejos peldaños de madera provocó tal estrépito, que pude sentir como se habría alguna que otra mirilla. Una vez que aterricé en tu rellano, y nunca mejor dicho por la velocidad con la que subí las tres plantas, me paré a tomar aliento. Inspiré lentamente el aire para poder tranquilizarme, y con las manos sudorosas, busqué en mi bolso un pañuelo de papel para secarme el sudor de la frente. Decidida, marché hacia tu puerta, y después de llamar varias veces al timbre, tomé la aldaba y golpeé con fuerza. Dentro de tu casa, creí sentir a alguien que se dirigí hacia las escaleras y mi cara se iluminó con una gran sonrisa.

    ¿Quién es? — contestó una voz femenina.

            Y dicho esto, escuché como alguien descorría los cerrojos en el interior de la vivienda. Mis ojos se quedaron clavados en la mujer, con cara de sueño, que me abría la puerta. Mi sonrisa desapareció y un frío sudor me invadió todo el cuerpo. No pude decir nada, no porque no me atreviese, sino porque mis palabras se enredaron en mi cerebro y no pude ordenarlas para formar la pregunta. Pero no hizo falta consultar nada, porque con irónico ademán, y apartándose el mechón de pelo que le cubría los ojos, me reveló:

            — ¿Tú también? Supongo que vienes buscando al sinvergüenza de mi ex. Él ya no vive aquí, pero utiliza mi casa para sus citas. Aprovecha que trabajo por las noches y como aún conserva las llaves, pues mete a quién le da la gana. Y te preguntarás por qué no he cambiado la cerradura. El motivo es el siguiente, porque él no tiene ningún derecho a entrar en mi domicilio. Creo que se considera allanamiento de morada y ya le he interpuesto una denuncia. ¿Te quieres sumar a la causa y presentar como testigo?

            No pude responder. Me lancé escaleras abajo sin esperar de nuevo el ascensor. Las lágrimas que salían por mis ojos, junto con el sudor, no me permitían ver por dónde iba. No recuerdo cómo conseguí llegar a mi casa y mucho menos meterme en la cama.

            Cerré los ojos y me cubrí el rostro con las manos. Imploré a Morfeo para que se apiadara de mí y me concediera un sueño reparador. Invoqué la presencia de Morfeo para que el sosiego permitiera dar paso al apasionado Eros. Me perdí en un universo de quimeras en donde mis fantasías eran sueños de Eros.