jueves, 3 de mayo de 2012
Oscar. A nivel personal.
Hay dos cosas que quisiera decir, una. Ahora que mi curso ha terminado, poco hago a parte de escribir. Por lo que mi puerta está abierta a cualquier nevesidad que os surga, que no me suponga dinero claro, y que mi colaboración con vosotros es plena. Por mi parte, si alguien quiere darme caña, lo agradezco y lo busco.
Ejercicio 10.2 Oscar.
¡Qué cansado estoy la virgen! Después de un duro día de
trabajo es una gozada llegar a la habitación y poder tumbarme en la camaza un
rato. Que dolor de pies. Hace diez años empecé en esto pensando que era un
chollo, ser representante para una
empresa de electricidad iba a ser el trabajo del siglo. Un sueldo increíble,
horario propio y no tener que dar cuentas ante nadie. Pero hay de mí, en
seguida me di cuenta, nadie ata los perros con longanizas. No tenía horarios ni
jefes, pero si no cumplo los objetivos de venta cobro una mierda, si no visito
a los clientes me los quitan, si no aumento la cartera contratan más
comerciales. El sueldo ya no es tan bueno como era antes, me lo han sacado del
pellejo a base de bien. Llevo tres días en la convención y no he hecho más que
pasar de un stand a otro peleando me por robarles clientes a los demás mientras
lucho porque no me roben los míos. Además, la competencia cada día es más
feroz, un montón de niñatos recién salidos de la carrera con mucha más
preparación y más listos que yo. Cada día me cuesta más esfuerzo y más horas
cumplir con lo que me ordenan. Es más, los objetivos de ventas cada día están
más fuera de la realidad.
Abro la cartera, saco la foto de mi mujer y mis hijos.
Que éramos entonces, que felices son ahora con Mark. Es un buen hombre que
dedica a los niños el tiempo que yo no puedo. No se casan para no perder la
pensión, la muy zorra. ¡Como les odio!
Alguien ha dejado un regalo para mí, creía que nadie se
acordaba de mi cumpleaños. Recojo el paquete, se mota que alguien ha puesto
esmero en él, el delicado papel rojo con dibujos dorados a juego con una cinta
verde y roja ribeteada en dorado. Con que delicadeza han doblado los bordes y
han cerrado el paquete sin usar celo. Preciosa caja, es una caja de cartón de
los veinte duros con algodón dentro, pero bonita. Decorada en negro con
esquineros latonados y un pequeño espacio para poner etiquetas con mi nombre. Y
dentro… ¡un corazón sanguinolento y palpitante! Pegando pequeños botes al ritmo
del palpitar.
Me despierto sobresaltado, como si tuviera un resorte en
la espalda, me incorporo de un solo golpe, que susto madre mía. Me he quedado
dormido, que mal lo he pasado.
Me tomo una larga y relajante ducha, es una de las cosas
que más me gusta en el mundo. Después de un duro día de trabajo, me lleva a
mundos en los que solo mi imaginación gobierna, el único rincón de mi vida
donde puedo decir que soy yo el que tiene las riendas de mi vida. Pero hoy no
es así, ni el agua caliente ha podido borrar la imagen de mi corazón latiendo
al son de la muerte, sí era mi corazón. No sé como lo sé pero algo en mi mente
está intentando avisarme de algo. No, no puede ser, es una tontería.
Apago la tele, acabo de tener mi ración de sexo diaria
con el canal de porno del hotel, y como no ponen nada interesante me bajaré a
tomar un trago al bar.
Todos los bares de hotel me parecen iguales, lugares
fríos y desolados en los que solo paran algunos desahuciados y señoras mayores
jugando al bridge. Largo y estrecho con paneles de capitoné burdeos y apliques
dorados por todas partes, no sé si estuvo de moda alguna vez, pero ahora es más
cure que vintage. Me siento en uno de los bancos corridos con forma de u, llamo
al camarero y me pongo nervioso con el espejo inclinado que preside la mesa.
Puede que yo sea un tipo aprensivo, pero esos espejos siempre me dan mala
espina.
—Un Jack Daniel´s one barrel con hielo, por
favor. — siempre lo pido aún a sabiendas que tendré que conformarme con un nº7,
me encanta su sabor y de vez en cuando algún barman me sorprende y me lo sirve.
—Sí señor, en seguida.
—Gracias.
—Parece que al final no va a ser tan mal cumpleaños. —
Ejercicio 10.1 Oscar.
Pobre niño, míralo hay sentado junto a ese árbol.
Está en el mejor momento, en el mejor sitio, y sin embargo no es feliz.
—Como puede ser eso, si la vida te sonríe muchacho.
—Si yo quiero querer, pero el corazón no deja.
—Tienes cinco años, y las penas ya te rondan el
corazón. Si apenas has empezado a navegar, ¿cómo puedes ir tras la estrella
polar en rumbo Sur? Esas son cosas de mayores.
—No sé si el amor es cosa de mayores, pero la
timidez es del tiempo.
— ¿Cómo? Acaso es problema de timidez.
—El problema es ella, ¡es tan guapa! Y yo, tan poca
cosa.
—Pero ella es una chica y tú un chico ¿Qué puede
pasar entre los dos que tan sea malo?
Nunca supe cómo ayudar a los humanos, solo sé gustarles
por mis flores, alimentarles con mis frutos o darles mi calor y mi sangre. Cien
años viéndoles pasar, viéndoles crecer y viéndoles convertirse en una sociedad
adulta, egoísta pero adulta. Ojalá supiera enseñarles el sendero del tiempo. Ojalá,
pudiera enseñarles de nuevo lo que antaño supieron. La madre natura tenía
puesta sus esperanzas en aquellos, en los que escaparon sobre barcos de piedra;
Pascua, Australia, Nueva Zelanda,… ellos también fallaron. Aún quedan unos
pocos que todavía saben del camino secreto, pero tarde o temprano los
encontrarán y nuestras esperanzas se perderán para siempre.
—Árbol.
—Dime,
mi niño.
—
¿Seré así de tímido toda la vida?
—Puede
¿Acaso importa?
—Sí,
ser tímido duele. Sé lo que quiero decir. Mas, las palabras se atragantan, se
trastabillan intentando salir, se hacen pelota en la punta de la lengua, y de
ahí no pasan.
—Cada
uno nos expresamos como podemos, a mí me duele ver a los hombres destruyendo lo
que nos sostiene a todos. ¡Si no estuvierais tan sordos!
—Yo,
siempre te hice caso papa árbol.
—Pero
te harás mayor y te olvidaras de cómo se habla conmigo. Seré un sueño infantil.
—Yo
¡nunca te dejaré!
—Lo
han intentado las hadas y los gnomos, el viento y el mar, el fuego y el rayo,
pero por mucho que hagamos siempre os olvidáis.
Cuanta tristeza bajo la piel de la madre
naturaleza, el mundo se queja y los mayores no le escuchan. Yo escucho, pero no
sirve de nada. Ella está hay delante y no la puedo decir lo que siento. A padre
le cuento lo hablo de ti, y no me cree. Ayer me dijo que le gustaba. Me pidió
ir al baile conmigo. Pero ahí me quedé yo, plantado, sin decir nada. Ella se
fue llorando, y mi alma se rompía un poquito con cada lágrima que resbalaba de
su mejilla. Hice, lo que más temía. Hice, lo que el mundo me prohibía. Hice, lo
que mi alma me impedía. La hice llorar.
—No
te sientas triste niño, hiciste lo que podías.
—La
hice sufrir, es culpa mía.
—Lo
que paso, no lo puedes cambiar, pero si puedes arreglar lo que no ha pasado
todavía.
—Arreglaré
lo que pueda, el mal que nunca debió hacerse, ya está hecho. Solo queda
mejorar.
viernes, 20 de abril de 2012
Ejercicio 10.1 b Viñeta. Paco
Felipe por el parque
Sábado por la
mañana, mediados de mayo, Felipe no
tiene clase, camina despistado por el parque, ha quedado con sus amiguitos
alrededor del estanque para jugar un rato. Va despreocupado, más bien ido, embutido
en sus pensamientos aunque no piensa en
nada concreto, ni en que juego quiere jugar, o si le apetece escarbar en la arena.
El trabajo de la
primavera luce esplendoroso en este jardín tan mimado. Al camino de tierra asaltan
pájaros buscando alguna pipa renunciada, jilgueros comunes revolotean entre los
álamos. El chaval agradece las manchas de sombra que dibujan las grandes
coníferas, mira al suelo, una ardilla cruza muy rápida el camino y se pierde en
su ascenso en la copa del pino.
Felipe se mueve
lentamente observando el césped y fijándose en cualquier leve grieta de su
senda en busca de hormiguitas. Las abejas que rodean los macizos de romero
florecido percuten con su zumbido el oído del pibe. Hoy no ha ido a la escuela,
esta feliz, tararea una canción, siente unas ganas terribles de echar a correr.
Allá, de pronto, descubre a la chica, se para en seco, se toca
la frente, piensa:
“¡Ostras! ¿Que veo?, una piba preciosa
sentada en un banco. Esta esperando a un tipo como yo, seguro”.
—¡Buuaa…! que pelazo
tiene, largísimo —dice susurrando según se va acercando—y es morena como a mi
me gusta.
Ilusionado se
toca el mentón, una brisa muy ligera le levanta el flequillo.
—¡Como mola esa
piba! —acierta a decir en voz baja sin parar de andar— Se parece mucho a
Muriel.
Una ligera
zozobra le acelera el corazón, rápido,
quiere saber quien es. Se ha puesto nervioso, aligera el paso, en su
interior va cavilando:
“Hace como que lee, pero seguro que quiere
que alguien la entretenga un rato. Voy a
preguntarla su nombre y la voy a decir que me gusta mucho, que es
preciosa, que es mi tipo de chica, que me encanta su pelo, y que si me permite
sentarme a su lado, que no la voy a molestar, que solo quiero mirarla”
El niño se ilusiona,
se le ha acelerado el pulso, cada vez más
nervioso, quiere llegar ya a su lado, su cabeza no para:
“Sigue ahí, atenta solo al libro.., que no
disimule, a mi no me engaña, me ha visto perfectamente, pero quiere hacerse la
interesante…, no levanta la vista, silbaré
un poco, mi infalible chiflido de tía buena”
—¡huuf….uuhh!
“Ni caso…¡Ostras, es guapísima!, que digo,
es un pibón, que bien le queda la camiseta tan ajustada… las dos…espero que levante los ojos…
—¡huuf….uuhh!
“No hay manera…”
—¡Hola!, … ¿Hola?
—pletórico de ilusión el amigo de Manolito.
—¿Tiene hora? —pregunta
expectante Felipe.
“Se
hace la sorda o no me ha oído” cree inocente.
Ahora aclara la
voz, sube en tono
—Perdón señorita
—grita—, ¿Qué hora es?
Imperturbable, la
muchacha no pierde ripio de su quehacer. Algo se quebranta en el interior del
chico que sigue rumiando:
“Ni ha mirado…, que antipática…, que situación
tan bochornosa…, si no eres de cuarto ni te miran, esta claro. Si fuera ingeniero seguro que estaría detrás
de mí…, no me la quitaría de encima”.
Felipe camina
cabizbajo, se apaga poco a poco, se dirige a la hierba, aún le queda una miaja
de esperanza y se vuelve:
“Nada… si que tiene que ser interesante el
libro…, ni por curiosidad…, ni siquiera de reojo se ha dignado mirarme…, me siento avergonzado, no puedo dar un paso…,
que bochorno.”
El muchacho gira
la cabeza una vez más:
“Definitivamente pasa de mí, que ridículo me siento…, me quiero morir. ¿ Será
esto lo que dice Mafalda que tienes el alma, “pichiruchi”? Tengo ganas de
llorar, lo haría si no me viera nadie…, ni siquiera ha levantado la mirada…, no
existo, me ignora, ¿que puedo hacer? Va a tener razón Susana cuando dice que soy “el llanero solterón”.
El pibe busca la
sombra, se sienta con los brazos caídos y
las manos entre las piernas. Mira sin entusiasmo una fila de hormigas, se siente una hormiguita
“No estoy nervioso, solo soy un papafrita.
Mejor estaría haciendo los deberes en mi
casa. …Igual es una chica muy mayor para mí…,
¡ja!..., lo que la pasa es que es
una creída…, y tampoco es tan guapa…, parece un fideo de los largos..., y ademas tiene mucha papada. Seguro que es una
aburrida. ¡Mierda!... que se quede con su lectura “tan interesante”.
Felipe coge una
ramita de seto y con la punta escarba en
la tierra, mientras en su mente lo da vueltas:
¿Lograría
un psicoanalista aliviarme de esta angustia de ser ignorado? No se me ocurre nada. Muriel tampoco sabe que
existo. Puede que no se vaya a enterar nunca. ¡Jorobare!. Creo que mejor me voy
a la guerra.
jueves, 19 de abril de 2012
Sesión 10. Oscar De Abajo. No es un ejercicio, si no una inspiración de.
De la curiosa conducta de los objetos
La casa de Mary López era un baile de
eclecticismo en el que los convidados de piedra volaban desde una lámpara de
art decó con pie de una mujer con los pechos al aire y envuelta de una gasa al
viento, hasta un salón de vinilo chic de los 70 efervescente de sueño
americano, pasando por un par de cachivaches incas que un amigo trajo de un
viaje por Perú; un horno de pan en piedra y un trozo de un friso. M era una
mujer que obsesionada con los detalles, para ella, el simbolismo, es el hogar
de la verdad. Para el común de los mortales, una composición de una vela y un
abanico con un saquito de tierra era una composición decorativa, para M, era
una elegía de la lucha del hombre con el planeta aire, fuego y tierra. Los tres
elementos básicos alquímicos que el hombre y su ciencia usan para convertir el
plomo en oro, lo primordial en sublime. Siempre hubo y siempre habrá una casta
de hombres y mujeres con una sensibilidad especial y una capacidad de trabajo
inhumana que son capaces de elevar el listón de lo especial reduciendo a los
demás a lo común degradándonos a lo vulgar, condenándonos a una existencia
vulgar y tediosa, que curiosamente, solo puede salir de su tedio, por las manos
que lo condenaron. Para su ex marido, el día a día con M se hizo insufrible.
Comer unas mini comidas cargadas de valor figurado, le estaban llevando directo
a la tumba. Dormir en un alegórico ataúd le mataba la espalda. Ducharse con un
metafísico agua helada, le creaba un catarro crónico. Por eso, para ella
encontrar un ángel de alas rosas tumbado en su cama cuando su marido se fue,
fue algo natural, aunque el resto se empeñara en que tenía que ir a un
profesional.
— ¿Para qué he de ir yo a un gigoló?,
si el sexo no me importa.
— Ese tipo de profesional no.
—Par que he de ir yo a un abogado, si
nos separamos de mutuo acuerdo. No le soporto más, y el no me puede sufrir más.
Que bella poesía tiene el
contrasentido de lo oculto. Para M la belleza de aquel ángel estaba en su
propia existencia. Porque en lo físico, no podía ser más feo el pobre. Cara pan
de gordo, fofo, con una esvástica por espalda, gafas de culo de vaso redondas
que le conferían un aspecto acorde con el resto, Feo. Feo pro fuera y feo por
dentro. Para rematar el conjunto el amigo era un borde, maleducado e
irrespetuoso, que no hacía más que soltar bordeces a diestro y siniestro.
miércoles, 4 de abril de 2012
Licinio. Ejercicio 9.2.
Ejercicio 9.2 —Diálogo—
—Bueno, ya he llegado. ¿Qué tal
habéis pasado el día?
—Bien, ha ido bastante bien la
cosa.
—¿Ha llovido mucho por aquí?
—¿Quién?
—Que si ha llovido mucho por
aquí.
—Ah, no. Aquí no ha caído ni una
gota.
—Pues en el camino, hemos pillado
un buen chaparrón.
—¿Que si queda salchichón?
—No, hombre, no. Que había una
tormenta muy grande por Medina de Rioseco. Por qué no te pones el aparato.
—Pero si oigo bien.
—Ya, y el otro día me tuviste
media hora a la puerta hasta que llamé por teléfono, porque el timbre estaba a
punto de arder y no lo oías.
—Era por la tele, que estaba muy
alta. Y, además, este timbre casi no se oye.
—Lo oye todo el mundo menos tú.
Pero, qué trabajo te cuesta poner el aparato. No ves que ni siquiera oyes a
mamá cuando te llama desde la habitación, y un día vamos a tener un disgusto.
Póntelo, hombre, hazlo por ella.
—Eso digo yo, me harto de darle
voces y nada. Tu padre es más necio que necio, mira que sabe que no me puedo
mover de la cama, pues ya puedo gritar con todas mis fuerzas, que no me oye.
Cualquier día me muero de sed como un canario y éste ni se entera.
—Bueno, bueno, ya lo pondré
mañana.
—Eso, mañana. Y por qué no lo
pones ahora.
—Es que no tiene pilas.
—Joder, papá. Yo no sé para qué
has gastado tanto dinero en el maldito audífono. Para lo que lo usas, bien
ahorrado lo tenías.
—Que si llamó Matías. No, hoy no
ha llamado nadie, verdad.
—Cómo que no ha llamado nadie. ¿No
estuviste hablando con Enrique? Ay, hijo, además de la sordera, papá se está
quedando sin memoria.
—Ah, sí. Llamó tu primo.
—Y qué contaba.
—Nada, que ya son abuelos.
—Pero bueno, así que ya nació el
nietín. Cómo se llama.
—Pues yo no sé si nació hoy por
la mañana o ayer noche.
—Que te está preguntando que cómo
se llama. Lo que digo, está como una tapia.
—Cómo me dijo que se llamaba. Tú
no te acuerdas cómo te dije, hombre.
—Jaime, igual que un hermano de
ella. Vaya cabeza que tienes, amigo. Lo ves, hijo, a tu padre, de día en día,
se le va la cabeza. Yo no sé en qué acabará esto.
—Bueno, mamá, no dramaticemos. Es
normal que pierda algo de memoria, hay que tener un poco de paciencia. Vaya con
Enrique, el abuelo. Tengo que llamarle para darle la enhorabuena.
—Que vas a ir a Mataporquera. Y
no estará muy frío todavía.
—Papá, ponte el aparato. Así no
hay quien hable contigo.
—Bueno, pues si no queréis hablar
conmigo, me voy a la cama. Hasta mañana.
—Tu padre es más necio que un
arado. Así hace siempre, cuando algo no le agrada, se mete en la cama y
santaspascuas.
Licinio. Ejercicio 9.1.
Ejercicio 9.1.- Estilo directo.
El camino asciende en suave rampa
hacia el veraniego sol de poniente, que ya tiene ganas de acostarse detrás de
Pico Cueto. Árboles de varias clases bordean la senda y filtran los
polvorientos rayos rojizos de la tarde. Acaba de pasar el rebaño hacia el
regato de la Peña Larzón , lo sé
por la aromática alfombra de perlas negras extendida a mis pies. A lo lejos se
oye la ensoñadora canción de los cencerros salpicada de ladridos de mastín y
algún silbido de pastor.
No me gusta pasear por donde van
las ovejas, me ponen nervioso esos perráncanos que te localizan a kilómetros de
distancia, y en un pis-pas los tienes ahí ladrando y enseñando los dientes.
Luego, nunca falla, uno de ellos se
acerca, te olisquea los pies e intenta meter su cabezón entre tus temblorosas piernas.
Ya lo sé, no hacen nada, pero se pasa muy mal.
Que por qué vengo por aquí,
entonces. Pues porque me gustaría encontrarme con Sara, mi primera novia. Este
verano, después de muchos años de ausencia, ha vuelto al pueblo, y me han dicho
que suele caminar por estos montes poco antes del anochecer, cuando corre un
poco de aire. Ojalá hoy esté sola y podamos charlar aunque solo sea un instante.
Hace tanto que no hablamos. En lo que va de verano, la he visto en dos
ocasiones, pero estaba con más gente y no me atreví a saludarla.
Al salir de la curva que enfila
hacia el pinar, suerte, ella aparece a media cuesta y el corazón se me desboca.
Baja sola, camiseta y chandal blancos, la chaqueta atada a la cintura, y maneja
con gracia una vieja cachava leonesa, la mejor vacuna antirábica. Nos acercamos
y no sé cómo empezar. Llevo tanto tiempo esperando este momento, que ahora no
se me ocurre nada que decir.
Estamos a cinco pasos, me detengo
sonriente. Ella, toda seria, escudriña mi cara. Será que no me conoce, o quizá sea
por eso, porque me conoce. No me queda otro remedio, hay que lanzarse.
—Hola, Sara, qué alegría verte —le
digo y me acerco más con intención de darle dos besos. Ella me mira
desconcertada y tengo que presentarme—. Soy Desi, de Olleros. ¿No te acuerdas
de mí?
—Hombre, Desi, no te conocía con
esa gorra —. Sonríe por fin y acepta mis dos besos, en las mejillas, por
supuesto —. Pero, ¿qué haces tú por aquí?
—Bueno, pues dando una vuelta. Me
casé con Choni, la de La Serna ,
lo sabías, ¿verdad? —ella asintió con la cabeza —, y estamos pasando el fin de
semana en su casa. Y tú, cuánto tiempo…
—Sí, hace una eternidad que no
venía para quedarme una temporada. He estado algún día suelto, sobre todo por
Todos los Santos desde que murió mi madre. Y ahora, vengo por mi padre. Está
mal y queremos buscarle una residencia.
—¿Y qué tal te va todo?
—Bien. No me puedo quejar. Me
casé con un chico catalán, que es un cielo, y tenemos un hijo de quince. ¿Y tú?
Es asombroso cómo perduran los
sentimientos humanos: después de más de treinta años de una relación corta y
superficial de adolescentes, aquello del “chico catalán, que es un cielo”, me
jodió. Se me fue la sonrisa de la cara y respondí con desgana:
—Yo tengo dos, una niña de diez y
un niño de tres. Ya te los presentaré, si nos vemos. ¿Te vas a quedar mucho
tiempo en La Ercina ? —Pregunté
para cambiar de tercio.
—Pues creo que sí. Es más,
queremos hacer una casa aquí —. Y se echó a reír. El salero que chisporroteó en
aquellos ojos desempolvó un montón de imágenes perdidas en un rincón de mi
memoria, que ahora mostraban con pasmosa nitidez la profunda huella que aquel primer
amor había dejado en lo más hondo de mi ser. Tras un breve silencio, añadió—:
Ya ves cómo es la vida, cuando me fui a Sabadell, lo recuerdo como si hubiera
sido ayer, fue el año que nos conocimos, yo no quería más que volver, y buscaba
cualquier excusa para venir. Pero poco a poco me di cuenta de que la gente de
aquí se había olvidado de mí, y esa sensación amarga me hizo odiar a este
pueblajo, que, de pronto, me parecía el más feo del mundo. Y ahora, vengo y me
quiero quedar —. Se había puesto seria y de nuevo se echó a reír.
—Ya —le di la razón a lo tonto y
me entraron unas ganas locas de abrazarla, de besarla y decirle que yo nunca la
olvidé, que la había querido con toda mi alma, y que…, pero me contuve, no
venía a cuento.
—Bueno, pues ya nos veremos por ahí.
Hasta luego —. Se despidió.
—Hasta luego —. Respondí y me
quedé como un pasmarote mirando como se alejaba cuesta abajo. De repente, un
impulso irresistible me hizo echar a correr hacia ella, que se volvió al oír mis
pisotones.
—Me alegro muchísimo de verte tan
guapa, Sara. De verdad —. Le dije acariciando sus brazos.
—Yo también me alegro de verte,
Desi —. Me premió con una sonrisa, aquella sonrisa, y se fue.
A la sinfonía de cencerros, ladridos
y cantos de pájaro, se unió el hosco ronquido de una motosierra y el quejido
desgarrado de un árbol que, sorprendido, cayó al suelo.
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