miércoles, 9 de mayo de 2012

FOTOGRAFÍA (licinio)


—Pero qué hacéis, estáis tontos. Abrid ahora mismo si no queréis que os muela a palos.
—Ja, Ja, ahora te vas a pasar un buen rato ahí, con el muerto. A ver qué valiente eres.
—Abre, Quique, por favor, que esto no es ninguna broma.
—No. No pienso abrir ni aunque te pongas de rodillas.
—Reyes, tú no eres tan mala como esa sanguijuela de tu primo, ábreme, te lo ruego.
—No, Julito, no. Reyes tampoco te abrirá y te vas a quedar ahí dentro hasta que vuelva la abuela de la estación. No te quejes que no será más de una hora, justo la mitad de lo que tú me tuviste en la carbonera de la escuela. O es que ya no te acuerdas.
—Quique, escucha, lo de la carbonera no fue idea mía, de verdad, me obligó Ramón, el fiscal, ya sabes cómo se las gasta. Además, en la carbonera no había ningún muerto.
—No, no había muertos, solo había un millón de cucarachas asquerosas que se me subían por las piernas y tenía que sacudirlas a monotazos, mientras vosotros os mondabais de la risa. Bueno, ya está bien de cháchara, nos vamos a jugar con Belén, tu queridísima novia, muá, muá, muá. Adiós.

Se oyó un portazo seguido de unas risas que se alejaban, y toda la casa quedó en silencio.

—Quique, Quique. Si me abres te devuelvo el imán que te gané a las cañoritas, te lo prometo —grité con todas mis fuerzas y ninguna esperanza. Los dos se habían ido. Ya nadie me oía.
Juré a voces que los mataría, a los dos. Después de sacarles los ojos, después de partirles las piernas y los brazos, después de destrozar sus narices, orejas y morros a mordiscos, después de arrancarles las uñas, después de… ¡Brrrr!

La habitación donde mis primos me encerraron a traición era la más fría y oscura de la casa, los abuelos la llamaban “la bodega” y se usaba de despensa. La pared de enfrente estaba casi tapada por un gran armario de obra con estantes de madera donde se guardaban las conservas, las patatas, el arroz, los fideos y las legumbres. A la izquierda según entrabas había un banco de madera sobre el que se ponían las zafras de la leche recién ordeñada. Colgados de las vigas, había largos palos de los que pendían chorizos, lomos y un jamón previamente ahumados en la hornera. Suspendido del techo, en la esquina del fondo a la derecha, llamaba la atención un armazón cuadrado de madera, tapado con tela de alambre muy fina, que llamábamos “mosquera” y servía para guardar carne fresca y queso. Todo eso siempre estaba allí, y olía muy bien, sobre todo al atardecer, cuando llegabas a casa con más hambre que un lobo, y la abuela te mandaba por un chorizo. Pero hoy, en medio de la oscuridad, también estaba el muerto. Lo habíamos matado ayer muy temprano.
Podía acercarme a la ventana enrejada y abrir las contras para que entrara un poco de luz, pero una fuerza invencible me mantenía pegado a la puerta. No me atrevía ni a mirar atrás. Sabía que él estaba allí, colgado boca abajo, y solo imaginarme frente a su cuerpo blanco, casi rosa la piel de tan limpia, me paralizaba. Es curioso, cuando era nuestro prisionero y estaba vivo no me daba miedo, es más, me gustaba darle de comer y rascarle la cabeza y la espalda con un palo, y él se quedaba todo quieto y lo agradecía con leves gruñidos de placer. Sin embargo, ahora, que está muerto, me aterroriza estar a su lado.
Después de varios intentos, pude volver un poco la vista hacia el cadáver. Qué espanto, un hilillo de sangre medio seca colgaba de sus narices de dos cañones, y había formado un pequeño charco brillante en el suelo. Sus ojos inútiles estaban cerrados por pestañas de pelo rubio muy fosco. Qué me puede pasar, pensé para tranquilizarme. Nada. Los muertos no hacen nada. En esto se oyó un crujido de madera y casi se me para el corazón. Probablemente ha sido el palo del que está colgado por los talones. Dios mío, que no se caiga. Si cae sobre mí, me muero.

Palpé la pared a mi izquierda hasta encontrar el banco donde se colocan las zafras de la leche. Había hueco y me senté muy despacio, como si temiera hacer ruido y despertarlo. Apoyé la cabeza en mis rodillas, cerré los ojos y me puse a rezar. Sí, sí, no se me ocurrió otra cosa que rezar. Para qué, no lo sé, pero acudieron a mis labios, sin yo proponérmelo, todas las oraciones que aprendí en la catequesis de la primera comunión. Salves, padrenuestros, glorias, salmos y alabanzas se peleaban por salir las primeras.

De pronto, oí un ruido y me incorporé en el banco, ahora reluciente de aluminio de lecheras. No sabía cuanto tiempo había pasado. Levanté las manos para proteger mis ojos habituados a la oscuridad y, a través de la luz cegadora que entraba por la puerta abierta, pude ver la silueta de mi abuela, plantada en el umbral.

—Pero qué haces tú aquí. Vaya un sitio para echarse a dormir. ¿No tienes miedo al gocho? —yo, aturdido, negué con la cabeza—. Pues serás el único que no le tienes miedo, hijo. Anda, llena este plato de patatas, y ven a ayudarme a hacer la comida, que tus primos estarán a punto de llegar.

Sentí una extraña mezcla de alegría, vergüenza y rabia. No conté lo que había ocurrido, no quise enredar a la abuela con nuestras guerras de niños. Fue entonces, mientras pelaba las patatas, cuando concebí la más cruel de mis venganzas, pero esa es otra historia.

martes, 8 de mayo de 2012

Ejercicio propuesto. Óscar.

Pobre borracha


Pobre borracha, que arrastras un pie en pos del otro sin avanzar un solo centímetro, portando en la espalda el peso de una vida de vidrio blanco. Nunca tendrás hijos, tu hogar huele a perdición y olvido. Nunca encontraras la felicidad, crees que está en el fondo de la próxima botella, ahí nunca estuvo, y lo sabes. Es más fácil, perderse entre vapores etílicos, que reconocer las verdades. Cuando al día siguiente, tus fantasmas busquen tu mirada con la suya, bastará con ponerse otra venda de alcohol y pena. Tú que bien sabes que es perder sin haber ganado, buscarás tu propia ruina, antes que llevar una vida.
María, se levanta, como cada día. Busca en el frigorífico que echarle al vino, como cada día. Se lava un poco la cara, se atusa un poco el pelo. No busca su reflejo en el espejo, por si lo encuentra. Se viste y se lanza a la calle, sin prisa. No hay nada que hacer, no hay nada que decir, ni hay nadie con quien hacerlo. La misma rutina, como cada día. Comprar un poco de leche y mucho vino, como cada día. No sabe como la sentará el primer trago en el bar, puede que hoy consiga llegar a casa y no acabe tirada el portal, como cada día.
Ella no lo sabe, pero hoy, no es como cada día. Caminando despacio por la calle, se encuentra con una vieja amiga.
—Me alegra mucho verte. ¿Qué es de tú vida?
—Estoy donde siempre, haciendo lo de siempre.
— ¿Qué es de tu marido y los chicos?
—Murieron, y yo con ellos.

Ejercicio 11.2 Oscar

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EJERCICIO 11.2

“previsible”: Como gran guerrero que es, lucha y vence a sus enemigos.
“menos previsible”: Huye como la rata que en realidad es. Como nunca quedaba nadie, el vendía que era el único que había sobrevivido. Huía y envenenaba a todo el mundo.

Ahí tenéis al gran hombre, paladín sin parangón. Altivo y valeroso como ningún otro. Audaz donde los haya. El mejor hombre del shogun. Postraos ante él, mostrarle el respeto que se le debe al mejor samurái que jamás pisó esta tierra. Tras el saludo ceremonial, que el gran Shogun Nayeda impuso para su mejor samurái, levanta su abanico para indicar el comienzo de la lectura.

Por haber traicionado a sus hombres en el transcurso de la batalla por la defensa de Edo. Recurriendo para ello a la deshonra, huyendo con sus cuatro guerreros más valientes, su guardia personal. Por haber usado veneno para acabar con los invasores a costa de todas las mujeres y los niños que quedaban en la fortaleza, mientras el huía como un cobarde. Es el deber de nuestro señor Fukushima Nayeda, el condenarle a muerte con deshonor.

“previsible”: llama al número casa y pregunta por el dueño.
“menos previsible”: al llamar a ese número, se da cuenta que es su casa, que su mujer tiene otro marido de lunes a viernes cuando el no está.

Hoy, Pedro emprende el camino a su hogar, sabiendo que es una penosa tarea. Agradece que su mujer y sus hijos estén con la abuela enferma, repitiendo una y otra vez, las razones de su despido. Salmodia del final de una vida. Camina despacio, cabizbajo y con los ojos llenos de lágrimas. Entre sollozo y sollozo, descubre una agenda caída en el suelo. De repente, un rayo de esperanza recorre su alma, puede ser útil otra vez. Quizás la última vez. Corre mientras finaliza su recorrido. Entra en casa como un huracán, se lanza a por el teléfono, presa del nerviosismo. Marca y espera. Uno, dos, tres,…Comunica. Vuelve a marcar, despacio, a ver si te has equivocado. Uno, dos, tres,…Comunica. En el número que tiene el nombre “casa” no contestan. Llamaré al que pone “esposa - móvil”. Uno, dos, tres,…Dime mi amor. ¿Me echabas de menos?...Cuelga. Si era una esposa, la suya…Pero eso no es posible, repasa la agenda con cuidado. El mismo número de sus suegros, el mismos número del colegio de los niños,…Pero esa no es su letra, no son sus números…Se sienta en el sofá de casa, esperando sentado frente a la puerta de entrada. A las dos y algo una llave entra en la cerradura.

—Bienvenido a casa, marido de fin de diario.

Ejercicio 11.1 oscar


EJERCICIO 11.1

Para las propuestas siguientes, identifica la opción “previsible” y después ofrece otra “menos previsible”:


  1. Un joven que circula en su auto por una ciudad desconocida pierde la memoria. Aparece un anciano.
“previsible”: El anciano le indica el camino correcto, y le indica que hay algo en el aire por un accidente en una planta química.
“menos previsible”: El es el anciano.
  1. X desea la muerte de Z. Lo invita a comer.
“previsible”: Le echa veneno en la comida.
“menos previsible”: Z sabe que va a matarle haciendo que parezca natural, y se suicida para que el otro page por un asesinato que no ha existido.
  1. Alguien está por ser condenado a muerte. Aparece un testimonio de la defensa.
“previsible”: Han buscado a alguien que miente para salvarle.
“menos previsible”: Aparece un testigo que si dice la verdad, pero todo el mundo cree que miente, y como cada uno dice que estaba en un sítio diferente, no creen a nadie, y el hombre muere.
  1. Alguien está muy nervioso en su casa. Se corta la luz.
“previsible”: Se levanta da la luz y sorpresa, feliz cumpleaños.
“menos previsible”: El que se ha levantado, no es el hombre, es un asesino que venía a matarle, ahora tiene que matarles a todos.
  1. Un personaje anuncia que va a salir de viaje. Prepara el equipaje y se despide.
“previsible”: Alguien de la familia se ha puesto enfermo y ha de ir a cuidarle.
“menos previsible”: No va a cuidarle, va a matarle.
  1. Un guerrero funda un gran imperio. Sus enemigos lo sitian.
“previsible”: Como gran guerrero que es, lucha y vence a sus enemigos.
“menos previsible”: Huye como la rata que en realidad es. Como nunca quedaba nadie, el vendía que era el único que había sobrevivido. Huía y envenenaba a todo el mundo.
  1. Alguien anota en su agenda absolutamente todo lo que tiene que hacer. La pierde.
“previsible”: Le llaman al número que está en la portada y la recupera.
“menos previsible”: Es un testigo protegido y en la agenda no se ha dado cuenta y ha puesto su verdadero nombre. La encuentra un sicario y le mata.
  1. Alguien encuentra una agenda telefónica y quiere devolverla. El único dato del dueño es su nombre.
“previsible”: llama al número casa y pregunta por el dueño.
“menos previsible”: al llamar a ese número, se da cuenta que es su casa, que su mujer tiene otro marido de lunes a viernes cuando el no está.

viernes, 4 de mayo de 2012

Yo, yo mismo e irene.

Me gustaría proponeros algo, Un ejercicio sobre lo que l gente no puede hacer normamalmente, o no debe hacer. Una mujer  alchólica. Un hombre que es... Lo que me importa es queos evadais de Cliches. Pensad en lo que jamás podría ser, y hablad de eso. Oscar.

Blanca. Ejercicio 11.2


Ejercicio 11.2

2.2.-                                    CUENTAS SALDADAS

            — ¡Pues no veas las ganas que tenía de volver a verte! Y pensé: ¿por qué no le invito a comer y hablamos de nuestros buenos tiempos? ¿Recuerdas cuando te enrollaste con mi novia? Y no sólo eso, sino  que además lo fuiste divulgando por el pueblo. Bueno, esto ya lo he olvidado y te he perdonado. También he pasado por alto aquel hurto que cometimos en los grandes almacenes. Te voy a refrescar la memoria. Mangoneamos un móvil, te empeñaste en que me lo metiera yo en el bolsillo de mi pantalón, lo apantallaste con papel de aluminio, pero por lo que se ve lo hiciste mal, y cuando íbamos a salir de la tienda sonó la alarma. El guarda de seguridad nos paró y tú me preguntaste qué me había guardado. Pero, ya sabes lo que se dice de agua pasada. Tómate el cafecito y vamos a dar una vuelta para bajar la comida.

Metí la llave en la cerradura que estaba debajo de la botonera del ascensor. Me miró sorprendido porque no sabía que el paseo lo íbamos a dar lejos de donde nos encontrábamos, así que decidí explicárselo.

—Cogemos el coche y nos alejamos de este mundanal ruido. Ponte atrás porque el asiento de adelante está un poco sucio con una mancha parduzca que no puedo quitar. Tendré que darla con algún disolvente enzimático porque creo que es con lo que se va la sangre. Átate, no sea que tengamos un accidente y te vaya a pasar algo. Pues como te iba diciendo —retomé mi anterior conversación de sobremesa según subía por la rampa de salida— hay muchas cosas que ya he olvidado. Por ejemplo, el viaje aquel que nos hicimos con el coche de mi padre, el cual estrellaste y encima sin carnet de conducir. Un mes sin salir de casa y un año sin paga. Por cierto, no sé cómo llegaste a convencerme para que me auto inculpara. Desconozco cuál es el motivo por el que te lo estoy contando porque el pasado, pasado está. Lo del embarazo de mi hermana, fue un golpe bajo. No entiendo por qué se caso contigo. Yo en su lugar hubiera abortado, pero claro como tienes ese encanto que las encandilas a todas, pues haces de ellas lo que te da la gana.

Miré por el espejo retrovisor para ver la cara de estupefacción que iba a poner cuando se diera cuenta hacia donde nos dirigíamos. Constaté tu sorpresa cuando abandonamos la carretera principal y nos encaminamos cuesta arriba, por un camino mal asfaltado, cuya meta era el cementerio.

—Te estarás preguntando por qué te traigo aquí —le comenté según apagaba el motor y me deshacía del cinturón de seguridad— pues para hablar tranquilamente de lo que me hiciste y nunca he sabido perdonarte. Entra, que la puerta está abierta —le invité mientras empujaba la verja de hierro—. Haz memoria en dónde está la lápida en la que pusiste mi nombre con mis apellidos y la futura fecha del fallecimiento, que curiosamente, coincide con el día de hoy. Si lo has olvidado no te preocupes, yo no he conseguido quitármelo nunca de mi cabeza. Ya sabes que era, y sigo siendo una persona muy impresionable, y desde aquella bromita tuya para reíros todos los de la pandilla pues no sé que me dio en la cabeza que desde entonces estoy rumiando el desenlace. Ya hemos llegado, como verás, la fecha la sigo manteniendo, tan sólo he variado el epígrafe. Si deseas añadir algo, será mejor que empieces porque se te está haciendo tarde.

Se quedó paralizado, aturdido y confuso. Experimenté esa sensación de seguridad que se percibe en las personas con confianza en si mismas y que yo nunca había sentido anteriormente. Agarré un bate de beisbol que tenía guardado detrás del árbol que proyectaba sombra a la tumba y con toda la furia que pude golpeé la piedra hasta romper el palo.

—Ahí te quedas, imbécil —le grité mientras me largaba muy digno.


Blanca. Ejercicio 11.1


Ejercicio 11.1

1.1.- Cuando recupera la memoria se ha convertido en un anciano.

1.2.- Realmente no ha perdido la memoria. El joven ha sido atacado por un organismo que le ha arrebatado el cerebro, transfiriendo parte de dicho cerebro a un anciano y obligando al joven realizar acciones mecánicas.



2.1.- Le echa veneno en la comida.

2.2.- Después de comer lo lleva de paseo al cementerio para devolverle una broma de la que fue víctima hace años.



3.1.- Todo el proceso cambia porque se demuestra la inocencia del acusado.

3.2.- El asesinado era el juez. El que suplanta la identidad al magistrado es el verdadero criminal, que ha conseguido llevar el juicio por los derroteros que a él le conviene, buscando un culpable y de esta manera esconder un caso de corrupción administrativa.



4.1.- Baja al cuadro de los contadores y sube el magnetotérmico.

4.2.- No puede soportar el estar sin luz, es algo superior a sus fuerzas, le falta el aire, se marea, etc. El exterior está iluminado por la luna y el tenue alumbrado de las farolas. Acerca una silla a la ventana, se encarama al alféizar. Se sienta en el rebaje de la parte externa de la ventana con los pies colgando del vacío. Allí se tranquiliza y espera hasta que vuelva la luz o que amanezca.



5.1.- Se va a trabajar. Es un comercial.

5.2.- Toma la maleta, se pone la gabardina y se mete en la bañera. Se sienta cómodo y abre el grifo de la ducha. Por fin llegó el gran día en el que podría realizar el viaje de sus sueños. Contempla como una lluvia de meteoritos cristalinos golpean su vehículo espacial, la bañera, pero él, comandante en jefe de la nave espacial sabe que una vez pasada la tormenta de asteroides, el trayecto que le queda para llegar a Alfa Centauro, será tranquilo.



6.1.- Sus enemigos se aburren y se largan. Las murallas del imperio eran inexpugnables.

6.2.- Les piden a los que les están sitiando que se vayan un poco más para atrás porque les están proyectando sombras. Luego les echan la ropa sucia por la muralla y les indican la dirección del río, requiriéndoles que hagan la colada. Les arrojan unas monedas y ordenan que vayan al pueblo de al lado a comprar pan.



7.1.- No se desespera. Sólo por el hecho de haberlo apuntado se acuerda de todo.

7.2.- El que pierde la agenda es Belzebú. Se le olvida absolutamente todo lo que tenía que hacer. De este modo, los apresados en el infierno huyen de tanto calor y ascienden al cielo. San Pedro, agobiado por la cantidad de almas que le llegan, algunas en muy mal estado, solicita la ayuda de Dios. Éste y sus ángeles bloquean la entrada al paraíso de tanto malvado y los vuelven a enviar a las calderas de Pedro Botero. El Creador apunta las labores que debe de realizar el diablo en unas tablas de piedra, al igual que hizo con Moisés. Además está tan cabreado por trabajar en domingo y por el extravío de la agenda, no sea que algún ángel más vaya a actuar incorrectamente y entonces tenga dos diablos, que arroja el tratado sobre la cocorota de Satán, rompiéndole un cuerno. El demonio no sólo recobra la memoria, sino que además la ira le puede, por lo que de vuelta al Fuego Eterno, apaga éste con un extintor y abre la puerta a los condenados, entregándoles un plano con instrucciones de cómo colarse en el Reino de los Cielos.