jueves, 20 de diciembre de 2012

Blanca y Rocío, menciones en el XV Certamen de Relatos del Ayuntamiento de Valladolid.

Se van acercando las Navidades y, con ellas, siguen llegando las nuevas noticias. Además de todos los certámenes en los que Óscar ha quedado finalista (que eran cuatro ya hace quince días), las chicas vamos a terminar el año con otra mención.

Blanca y yo participamos en el XV Certamen de Relatos Breves del Ayuntamiento de Valladolid, y ayer hemos sabido el fallo. Blanca ha sido finalista con su relato "Los colores de la esperanza" y yo, accésit con "La coleccionista". Os los leeremos, si queréis, en la próxima sesión allá por el 11 de enero del nuevo año.

Ya sabéis que en el lateral derecho del blog tenéis la lista de todos los logros literarios de los miembros del Grupo Literario Parquesol.

Brindo por que el 2013 nos siga trayendo buenas letras y más amistad.

Un abrazo fuerte a todos y Feliz Navidad.


jueves, 6 de diciembre de 2012

Ejercicio de Diciembre de 2012


Segundo diagnóstico


            En el letrero que se encontraba sobre la puerta se podía leer:

“JEFE DEL DEPARTAMENTO DE MEDICINA INTERNA”

Dr. D. J. González Ruíz

            Un individuo de pálido semblante, bajó el picaporte con el codo izquierdo porque las manos las tenía ocupadas en sujetar un bulto de color verdoso que palpitaba rítmicamente y que parecía salir del pecho.

            El médico mostró una silla al paciente indicándole que tomara asiento. Consternado movió la cabeza de un sitio para otro y confirmó el diagnóstico.

            —Como bien le ha dicho mi colega, se trata de un caso de cardioitis atópica —manifestó sin dirigir la mirada a los ojos del enfermo.

            —Pero doctor, hace menos de un año me dijeron que lo que me salió en la piel era una dermatitis atópica y luego resultó ser varicela. Yo no sé medicina, pero parece como si tuviera una coloración distinta a las imágenes que yo he visto en internet —insistió el paciente preocupado.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Comienza de nuevo "La hora del recreo"

Hola a todo el mundo:

Después de un merecido verano, parece que vamos regresando a los trabajos, a la ciudad, al ajetreo del mundanal ruido. En otras palabras, ya tenemos las neuronas activadas para la escritura, así que vamos a festejarlo empezando de nuevo el Taller sin más dilación.

Este viernes 21 a las 19 horas nos vemos en el Centro Cívico, Sala de Juntas.

Traed un relato (no muy largo, a ser posible).

Os haré propuestas de cómo he pensado enfocar esta segunda edición.

Abrazos a todos, ¡nos vemos!

Rocío

domingo, 27 de mayo de 2012

Fiesta de fin de curso el 8 de junio

Queridos integrantes del Grupo Literario Parquesol:

Algún día debía llegar el broche final del Taller y este verano que parece adelantarse casi lo está pidiendo a gritos.

Mi intención es acudir el viernes 8 de junio al Centro Cívico, que asistáis los que podáis y que tengamos nuestra clausura de Taller, con celebración de tapitas como la última vez (quien quiera y pueda).

No habrá décimotercera sesión (mal número) así que aprovecharemos para leer y opinar sobre algún texto o ejercicio que hayáis escrito en este tiempo y queráis compartir. Que cada uno elija un relato y lo lleve ese día.

Eso no significa que el blog no siga activo, o que no se puedan seguir colgando ejercicios, al revés. Con más tiempo podemos ir opinando sobre lo que se ha dejado y colgar más cosas. Tampoco significa que no vaya a haber más reuniones, pero habrá que sondear la disponibilidad de aulas.

En fin, que me gustaría volver a reunirme con vosotros y disfrutar de vuestra compañía y vuestras creaciones. Habéis avanzado mucho, más de lo que pensáis. Gracias por lo que he aprendido de vosotros.

Si alguien tiene alguna sugerencia para ese día, que la escriba como comentario a este post, por favor.

¡Nos vemos el viernes 8!

viernes, 18 de mayo de 2012

Retrato foto. Paco. Ejercicio 12.

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Retrato

      Esperanza y anhelo resumen  la mirada de esta joven con ojos  que añoran lo que aun no ha ocurrido, lo que puede que no ocurra nunca. Esconde su timidez  tras la rama seca que sujeta, unos palos desnudos que complementan la pureza del alma que se intuye.
      La mujer no se oculta, más bien se asoma, levemente. Timidez aporta la nariz, discreta y exacta en su espacio. Su olfato es el sentido al que saca más provecho. Nunca hasta ahora le ha fallado; según algunos debería llamarlo intuición.
      Ella es esos labios potentes, carnosos sin carmín, dudosos para pronunciar “te quiero” en plurales, pero firmes cuando la sentencia es sobre si misma, sobre su objetivo. Su boca prefiere el beso a la palabra, el susurro al grito. Besa y se deja besar, y también no besa y rechaza,  nuca pide a otros labios.
      Su piel blanca es como la miga del pan poco cocido, es como la piel de Blanca, su madre, de ella ha heredado también la luz que irradian los dos luceros de su cara. La llamaron Clara por eso, pero a ella la gustaría llamarse Artemisa. Y ese es su link: “Artemisa”. Así firma en los guaches que expone y sobre los volúmenes en piedra caliza que desbasta con rabia cuando esta cabreada con la sociedad en general ó con Tomás en particular.
      Para sus amigos es Klara, y así lo aclara siempre:
      —Klara con “K” —recalca.
      El pelo negro, ensortijado en las puntas, lo tiene por la parte del padre. Su abuela Edelmira lo peinaba exactamente igual cuando estaba en la casa. Se lo suele recoger para despejar los hombros y permitir que el aire de la tarde le resbale por el cuello desnudo.
      Sí, por avatares de la vida, mañana me olvidara de su rostro, me acordaré de  sus grandes ojos, de color marrón  como el caramelo que garrapiña a las almendras. Esos ojos saltones  y transparentes, ahora cargados de amor y de nostalgia. De esos ojazos que en este momento observan su deseo, casi tocan lo que están viendo. Permanecen conformes y expectantes y a su vez esperanzados y desilusionados por un igual. ¿Quién tiene al frente que espera que la mire?. ¿Quién es esa persona ingrata, ese ser que no le devuelve la llamada de ternura que le lanza? Hay un grito ahogado que pide respuestas, una boca serena que sabe esperar.     Klara mantiene intacta la certeza de elección.

     

sábado, 12 de mayo de 2012

Blanca (Literatura Exprés)


Tan cerca en la distancia



                Allá en el campo santo rompí el vínculo que me unía a ti. Por fin tu persona se encuentra bajo la fría tierra del mes de febrero. Te has ido, pero aún en la distancia mi mente ha quedado atrapada por el temor a tu regreso. Desde el otro lado invades mi intimidad con tus toscas palabras, tu mirar lascivo y tus ásperas manos sobre mi piel.

            Mamá siempre pensó que este odio visceral que sentía hacia ti era fruto de tu rudo comportamiento para con nosotras. Yo nunca quise decirle la verdad. Bastante tenía con cubrirse de maquillaje las violáceas magulladuras que la ocasionabas, y después mentir inventando increíbles historias: el moratón de la mejilla era un golpe al abrir una puerta, el brazo roto una caída por la escalera. Mamá siempre mentía. Jamás tuvo la intención de engañar a los demás, pero mentía, y sobretodo se mentía a ella misma pensando que de la colmena humana, estamos obligados a inventarlas y depositar nuestra fe en ellas. Mamá y sus quimeras. El universo de mamá siempre ha estado lleno de ilusos pensamientos y así permanecerá hasta que la vejez los borre de la memoria.

            Yo en cambio no tengo intención de cambiar estos recuerdos. Si mañana desaparecieran estas imágenes que resucita mi subconsciente, ¿quién va a condenar al infanticida de sueños pueriles?

            Mamás sabía de mi sufrimiento, pero nunca adivinó la causa que lo provocaba. Ese afán suyo por transformar la realidad nos llevaba todas las tardes de los viernes a la biblioteca. Todas las semanas sacaba una novela romántica, de amores irreales bendecidos por Cupido. Por aquel entonces, yo ya era conocedora de la inexistencia de príncipes azules, aunque fantaseaba con intrépidos  personajes que defendían a ultranza la verdad, es por este motivo por lo que en mi elección siempre había libros de aventuras. Para ti el fin de semana empezaba en el bar y acababa en mi cama. La borrachera no te permitía discernir entre el bien y el mal, pero sé que aún ebrio eras consciente de lo que deseabas, y yo me convertía en el objeto para obtenerlo. Durante algún tiempo no sospeché del peligro que se corre cuando habitas sobre la cornisa de un mundo ficticio y me dejé llevar por las fantasías maternas. Utilicé los libros como llaves que posibilitan la apertura de puertas que facultan la entrada a otros reinos, y me perdí. Tuve que haber buscado antes la salida y no lo hice, pero el final llegó del modo más insospechado.

            Los sábados por la mañana hacíamos la compra para el resto de la semana. Mientras me mandaba ir a comprar pan, ella adquiría una rosa carmesí que guardaba celosamente dentro de su bolso. Una vez que entrábamos en casa depositaba la flor sobre la mesa del comedor y con una amplia sonrisa te echaba un piropo nunca merecido:

            —Tu padre, ¡qué encantador que es! Nunca olvida regalarme una rosa.

            — ¿Te traigo un vaso con agua y la pones dentro? —la preguntaba yo siguiendo el delirio que la permitía soportar su trágica vida.

            Y así un año y otro, las dos fuera de la razón, agriándonos el carácter y avanzando, temerosamente, hacia la perdición.

            Nuestros gustos por la literatura cambiaron. Mi madre empezó a demostrar curiosidad por tratados de medicina y química, abandonando la lectura de las novelas. Creí que esto era un buen augurio pues sería la única forma que había para que reconociera el error que había cometido al casarse y la estupidez de hacer perdurar dicha relación. Aquel periodo coincidió con la enfermedad de mi padre, y que a la larga le ocasionaría la muerte. En un primer momento los síntomas manifestados eran de indigestión. Visitamos a varios galenos, pero aunque las transaminasas estaban un poco elevadas, nadie aducía la dolencia a ello. Una madrugada, antes de que los primeros rayos del naciente sol pintaran el mundo con sus vivos colores, mi padre se despertó tosiendo estrepitosamente. Cuando encendimos la luz contemplamos una lluvia de granates gotas que regaban el edredón, la pared y mi rostro. Sí, pude haberme apartado, pero no lo deseé. Agarrando sus desfallecidas manos, tiré de él y con la rabia diabólica que había sabido abonar durante tantos años, le miré fijamente a los ojos y repleta de confianza le increpé:

            — ¡Muere!

            Después de enterrar a mi padre, mamá regresó a sus novelas y volvió a perderse en su inverosímil mundo.

            El hábito de sacar un libro los viernes por la tarde sigue estando presente en mí. Ya no leo libros de aventuras, la vida es una aventura en sí en la que estamos obligados a ser protagonistas y no personajes secundarios. He adquirido un gusto desmedido por la novela policiaca y al igual que mi madre he relegado para otra ocasión los ejemplares que tratan de química. Posiblemente en un futuro no muy lejano me vea acuciada a introducirme en el terreno de la psicología clínica. Necesito saber cómo puedo desembarazarme de su gélida alma que me quema por dentro. La gran distancia que separa la vida de la muerte nos ha encadenado para siempre.

jueves, 10 de mayo de 2012

Paco. Fotografía. Viernes 4/5/12

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Namaste

          El colombiano ó  el sudaca ó el panchito ó  el costa rícense ó el extranjero a secas como le nombran las más de las veces, para un instante, deja la tarea, levanta la cabeza y se aparta el pelo de la frente con la mano vuelta. Otro de la cuadrilla le ofrece un trago, es agua.
         —¡No te pago para que contemples el cielo! —arrea con furia el capataz al obrero Gautam.
         Agosto, casi las dos de la tarde en la plaza castellana. La cuadrilla, todos  foráneos, cubre de losas de hormigón en diferentes tonos de gris la que es  pista habitual de baile durante las fiestas del pueblo.
          —¿Es que no paran a comer? —se interesa un jubilado que va a tomar café.
          El protagonista es de Asia, pero le confunden mucho con los sudamericanos porque su piel es oscura, esta muy curtido y su cara de rasgos limpios, casi se oculta por un largo pelo muy liso y muy negro. El chico no suda apenas.

          En realidad ahora mismo no descansa, añora… esta ensoñando. Esta pausa, por un momento, le hace retroceder varios años. Del bolsillo interior de la camisa saca una  fotografía, la que lleva siempre en la cartera. Es de hace seis años, aun estaba en Nepal, a mas de siete mil metros sobre el nivel del mar; se la hizo un turista de los muchos que pasan cada año por Lumbini, su pueblo, en la región de Terai. Un hombre joven con una Polaroid 635. La estampa se deslizó por debajo de la cámara pocos minutos después de  escuchar el “clik”.
          —¡Toma! …  para ti —le dijo en español.
          En la imagen acababa de cumplir los diecisiete, pero su  apariencia es más joven que los occidentales de doce. En sus pies ya sumaba varios kilómetros por  senderos de montañas guiando a gente de diferentes nacionalidades. De unos y otros fue ampliando su vocabulario. Otro poco se le pego trabajando en el hotel.
          Al principio del verano boreal las montañas engañan, con su verdor amable la dureza de su transito, tampoco los rasgos suaves de Gautam sugieren el hambre que pasó en  aquella época.
          —What´s your name?  —recuerda que le preguntó el barbudo con una sombría convicción de superioridad.
          —Sunder Gautam —contesto él con el sencillo orgullo de los pobres, el de los de su casta de intocables, la de los  Harijans.
          –¿Cómo? –pidió aclarar el del acento de meseta castellana.

          Por entonces de día en día se notaba la escasez de alimentos allí. Cada año era más difícil obtener la cosecha de cereales para todos: muy poco de cebada, algo de mijo africano, escaso de trigo. Por alguna razón el consumo de la moha se había dejado de lado por el arroz, a pesar de ser una buena fuente de nutrientes. En su familia, la mayor parte de los días estaban comiendo los restos de la puja, algo de arroz, alguna fruta y pétalos de flores. De arroz llegaba poco y tarde.

          No fue fácil  largarse a cualquier parte, mas, en Terai no había que hacer. España es la palabra que tenía  en su memoria. Y aquí llegó.

          Sunder Gautam guarda la fotografía en su sito, se refresca un poco el cuello con la mano, echa un trago largo de agua del botijo y vuelve a su tarea de macear las baldosas con la tabla y el martillo de goma. Solo quedan diez minutos para el almuerzo. El capataz esta meando.