Se van acercando las Navidades y, con ellas, siguen llegando las nuevas noticias. Además de todos los certámenes en los que Óscar ha quedado finalista (que eran cuatro ya hace quince días), las chicas vamos a terminar el año con otra mención.
Blanca y yo participamos en el XV Certamen de Relatos Breves del Ayuntamiento de Valladolid, y ayer hemos sabido el fallo. Blanca ha sido finalista con su relato "Los colores de la esperanza" y yo, accésit con "La coleccionista". Os los leeremos, si queréis, en la próxima sesión allá por el 11 de enero del nuevo año.
Ya sabéis que en el lateral derecho del blog tenéis la lista de todos los logros literarios de los miembros del Grupo Literario Parquesol.
Brindo por que el 2013 nos siga trayendo buenas letras y más amistad.
En
el letrero que se encontraba sobre la puerta se podía leer:
“JEFE DEL DEPARTAMENTO DE MEDICINA INTERNA”
Dr. D. J. González Ruíz
Un
individuo de pálido semblante, bajó el picaporte con el codo izquierdo porque
las manos las tenía ocupadas en sujetar un bulto de color verdoso que palpitaba
rítmicamente y que parecía salir del pecho.
El
médico mostró una silla al paciente indicándole que tomara asiento. Consternado
movió la cabeza de un sitio para otro y confirmó el diagnóstico.
—Como
bien le ha dicho mi colega, se trata de un caso de cardioitis atópica
—manifestó sin dirigir la mirada a los ojos del enfermo.
—Pero
doctor, hace menos de un año me dijeron que lo que me salió en la piel era una
dermatitis atópica y luego resultó ser varicela. Yo no sé medicina, pero parece
como si tuviera una coloración distinta a las imágenes que yo he visto en
internet —insistió el paciente preocupado.
Después de un merecido verano, parece que vamos regresando a los trabajos, a la ciudad, al ajetreo del mundanal ruido. En otras palabras, ya tenemos las neuronas activadas para la escritura, así que vamos a festejarlo empezando de nuevo el Taller sin más dilación.
Este viernes 21 a las 19 horas nos vemos en el Centro Cívico, Sala de Juntas.
Traed un relato (no muy largo, a ser posible).
Os haré propuestas de cómo he pensado enfocar esta segunda edición.
Queridos integrantes del Grupo Literario Parquesol:
Algún día debía llegar el broche final del Taller y este verano que parece adelantarse casi lo está pidiendo a gritos.
Mi intención es acudir el viernes 8 de junio al Centro Cívico, que asistáis los que podáis y que tengamos nuestra clausura de Taller, con celebración de tapitas como la última vez (quien quiera y pueda).
No habrá décimotercera sesión (mal número) así que aprovecharemos para leer y opinar sobre algún texto o ejercicio que hayáis escrito en este tiempo y queráis compartir. Que cada uno elija un relato y lo lleve ese día.
Eso no significa que el blog no siga activo, o que no se puedan seguir colgando ejercicios, al revés. Con más tiempo podemos ir opinando sobre lo que se ha dejado y colgar más cosas. Tampoco significa que no vaya a haber más reuniones, pero habrá que sondear la disponibilidad de aulas.
En fin, que me gustaría volver a reunirme con vosotros y disfrutar de vuestra compañía y vuestras creaciones. Habéis avanzado mucho, más de lo que pensáis. Gracias por lo que he aprendido de vosotros.
Si alguien tiene alguna sugerencia para ese día, que la escriba como comentario a este post, por favor.
Esperanza y anhelo resumen la mirada de esta joven con ojos que añoran lo que aun no ha ocurrido, lo que
puede que no ocurra nunca. Esconde su timidez
tras la rama seca que sujeta, unos palos desnudos que complementan la
pureza del alma que se intuye.
La mujer no se oculta, más bien se asoma,
levemente. Timidez aporta la nariz, discreta y exacta en su espacio. Su olfato
es el sentido al que saca más provecho. Nunca hasta ahora le ha fallado; según algunos
debería llamarlo intuición.
Ella es esos labios potentes, carnosos
sin carmín, dudosos para pronunciar “te quiero” en plurales, pero firmes cuando
la sentencia es sobre si misma, sobre su objetivo. Su boca prefiere el beso a
la palabra, el susurro al grito. Besa y se deja besar, y también no besa y
rechaza, nuca pide a otros labios.
Su piel blanca es como la miga del pan
poco cocido, es como la piel de Blanca, su madre, de ella ha heredado también la
luz que irradian los dos luceros de su cara. La llamaron Clara por eso, pero a
ella la gustaría llamarse Artemisa. Y ese es su link: “Artemisa”. Así firma en
los guaches que expone y sobre los volúmenes en piedra caliza que desbasta con
rabia cuando esta cabreada con la sociedad en general ó con Tomás en
particular.
Para sus amigos es Klara, y así lo aclara
siempre:
—Klara con “K” —recalca.
El pelo negro, ensortijado en las puntas,
lo tiene por la parte del padre. Su abuela Edelmira lo peinaba exactamente
igual cuando estaba en la casa. Se lo suele recoger para despejar los hombros y
permitir que el aire de la tarde le resbale por el cuello desnudo.
Sí, por avatares de la vida, mañana me
olvidara de su rostro, me acordaré de
sus grandes ojos, de color marrón como el caramelo que garrapiña a las almendras.
Esos ojos saltones y transparentes, ahora
cargados de amor y de nostalgia. De esos ojazos que en este momento observan su
deseo, casi tocan lo que están viendo. Permanecen conformes y expectantes y a
su vez esperanzados y desilusionados por un igual. ¿Quién tiene al frente que
espera que la mire?. ¿Quién es esa persona ingrata, ese ser que no le devuelve la
llamada de ternura que le lanza? Hay un grito ahogado que pide respuestas, una
boca serena que sabe esperar. Klara mantiene intacta la certeza de elección.
Allá en el campo santo rompí el vínculo que me unía
a ti. Por fin tu persona se encuentra bajo la fría tierra del mes de febrero.
Te has ido, pero aún en la distancia mi mente ha quedado atrapada por el temor
a tu regreso. Desde el otro lado invades mi intimidad con tus toscas palabras,
tu mirar lascivo y tus ásperas manos sobre mi piel.
Mamá
siempre pensó que este odio visceral que sentía hacia ti era fruto de tu rudo
comportamiento para con nosotras. Yo nunca quise decirle la verdad. Bastante
tenía con cubrirse de maquillaje las violáceas magulladuras que la ocasionabas,
y después mentir inventando increíbles historias: el moratón de la mejilla era
un golpe al abrir una puerta, el brazo roto una caída por la escalera. Mamá
siempre mentía. Jamás tuvo la intención de engañar a los demás, pero mentía, y
sobretodo se mentía a ella misma pensando que de la colmena humana, estamos
obligados a inventarlas y depositar nuestra fe en ellas. Mamá y sus quimeras.
El universo de mamá siempre ha estado lleno de ilusos pensamientos y así
permanecerá hasta que la vejez los borre de la memoria.
Yo
en cambio no tengo intención de cambiar estos recuerdos. Si mañana
desaparecieran estas imágenes que resucita mi subconsciente, ¿quién va a
condenar al infanticida de sueños pueriles?
Mamás
sabía de mi sufrimiento, pero nunca adivinó la causa que lo provocaba. Ese afán
suyo por transformar la realidad nos llevaba todas las tardes de los viernes a
la biblioteca. Todas las semanas sacaba una novela romántica, de amores
irreales bendecidos por Cupido. Por aquel entonces, yo ya era conocedora de la
inexistencia de príncipes azules, aunque fantaseaba con intrépidospersonajes que defendían a ultranza la
verdad, es por este motivo por lo que en mi elección siempre había libros de
aventuras. Para ti el fin de semana empezaba en el bar y acababa en mi cama. La
borrachera no te permitía discernir entre el bien y el mal, pero sé que aún
ebrio eras consciente de lo que deseabas, y yo me convertía en el objeto para
obtenerlo. Durante algún tiempo no sospeché del peligro que se corre cuando
habitas sobre la cornisa de un mundo ficticio y me dejé llevar por las
fantasías maternas. Utilicé los libros como llaves que posibilitan la apertura
de puertas que facultan la entrada a otros reinos, y me perdí. Tuve que haber
buscado antes la salida y no lo hice, pero el final llegó del modo más
insospechado.
Los
sábados por la mañana hacíamos la compra para el resto de la semana. Mientras
me mandaba ir a comprar pan, ella adquiría una rosa carmesí que guardaba celosamente
dentro de su bolso. Una vez que entrábamos en casa depositaba la flor sobre la
mesa del comedor y con una amplia sonrisa te echaba un piropo nunca merecido:
—Tu
padre, ¡qué encantador que es! Nunca olvida regalarme una rosa.
—
¿Te traigo un vaso con agua y la pones dentro? —la preguntaba yo siguiendo el
delirio que la permitía soportar su trágica vida.
Y
así un año y otro, las dos fuera de la razón, agriándonos el carácter y
avanzando, temerosamente, hacia la perdición.
Nuestros
gustos por la literatura cambiaron. Mi madre empezó a demostrar curiosidad por
tratados de medicina y química, abandonando la lectura de las novelas. Creí que
esto era un buen augurio pues sería la única forma que había para que
reconociera el error que había cometido al casarse y la estupidez de hacer
perdurar dicha relación. Aquel periodo coincidió con la enfermedad de mi padre,
y que a la larga le ocasionaría la muerte. En un primer momento los síntomas
manifestados eran de indigestión. Visitamos a varios galenos, pero aunque las
transaminasas estaban un poco elevadas, nadie aducía la dolencia a ello. Una
madrugada, antes de que los primeros rayos del naciente sol pintaran el mundo
con sus vivos colores, mi padre se despertó tosiendo estrepitosamente. Cuando
encendimos la luz contemplamos una lluvia de granates gotas que regaban el
edredón, la pared y mi rostro. Sí, pude haberme apartado, pero no lo deseé. Agarrando
sus desfallecidas manos, tiré de él y con la rabia diabólica que había sabido
abonar durante tantos años, le miré fijamente a los ojos y repleta de confianza
le increpé:
— ¡Muere!
Después
de enterrar a mi padre, mamá regresó a sus novelas y volvió a perderse en su
inverosímil mundo.
El
hábito de sacar un libro los viernes por la tarde sigue estando presente en mí.
Ya no leo libros de aventuras, la vida es una aventura en sí en la que estamos
obligados a ser protagonistas y no personajes secundarios. He adquirido un
gusto desmedido por la novela policiaca y al igual que mi madre he relegado
para otra ocasión los ejemplares que tratan de química. Posiblemente en un
futuro no muy lejano me vea acuciada a introducirme en el terreno de la
psicología clínica. Necesito saber cómo puedo desembarazarme de su gélida alma
que me quema por dentro. La gran distancia que separa la vida de la muerte nos
ha encadenado para siempre.
El
colombiano ó el sudaca ó el panchito ó el costa rícense ó el extranjero a secas como
le nombran las más de las veces, para un instante, deja la tarea, levanta la
cabeza y se aparta el pelo de la frente con la mano vuelta. Otro de la
cuadrilla le ofrece un trago, es agua.
—¡No te pago
para que contemples el cielo! —arrea con furia el capataz al obrero Gautam.
Agosto, casi
las dos de la tarde en la plaza castellana. La cuadrilla, todos foráneos, cubre de losas de hormigón en
diferentes tonos de gris la que es pista
habitual de baile durante las fiestas del pueblo.
—¿Es que no
paran a comer? —se interesa un jubilado que va a tomar café.
El protagonista es de Asia, pero le
confunden mucho con los sudamericanos porque su piel es oscura, esta muy curtido
y su cara de rasgos limpios, casi se oculta por un largo pelo muy liso y muy
negro. El chico no suda apenas.
En realidad ahora
mismo no descansa, añora… esta ensoñando. Esta pausa, por un momento, le hace
retroceder varios años. Del bolsillo interior de la camisa saca una fotografía, la que lleva siempre en la cartera.
Es de hace seis años, aun estaba en Nepal, a mas de siete mil metros sobre el
nivel del mar; se la hizo un turista de los muchos que pasan cada año por
Lumbini, su pueblo, en la región de Terai. Un hombre joven con una Polaroid
635. La estampa se deslizó por debajo de la cámara pocos minutos después de escuchar el “clik”.
—¡Toma! … para ti —le dijo en español.
En la imagen acababa de cumplir los
diecisiete, pero su apariencia es más
joven que los occidentales de doce. En sus pies ya sumaba varios kilómetros
por senderos de montañas guiando a gente
de diferentes nacionalidades. De unos y otros fue ampliando su vocabulario.
Otro poco se le pego trabajando en el hotel.
Al principio
del verano boreal las montañas engañan, con su verdor amable la dureza de su
transito, tampoco los rasgos suaves de Gautam sugieren el hambre que pasó en aquella época.
—What´s your
name? —recuerda que le preguntó el
barbudo con una sombría convicción de superioridad.
—Sunder
Gautam —contesto él con el sencillo orgullo de los pobres, el de los de su
casta de intocables, la de los Harijans.
–¿Cómo? –pidió aclarar el del acento de meseta
castellana.
Por entonces
de día en día se notaba la escasez de alimentos allí. Cada año era más difícil obtener
la cosecha de cereales para todos: muy poco de cebada, algo de mijo africano,
escaso de trigo. Por alguna razón el consumo de la moha se había dejado de lado
por el arroz, a pesar de ser una buena fuente de nutrientes. En su familia, la
mayor parte de los días estaban comiendo los restos de la puja, algo de arroz,
alguna fruta y pétalos de flores. De arroz llegaba poco y tarde.
No fue fácil largarse a cualquier parte, mas, en Terai no había
que hacer. España es la palabra que tenía
en su memoria. Y aquí llegó.
Sunder
Gautam guarda la fotografía en su sito, se refresca un poco el cuello con la
mano, echa un trago largo de agua del botijo y vuelve a su tarea de macear las
baldosas con la tabla y el martillo de goma. Solo quedan diez minutos para el
almuerzo. El capataz esta meando.